sábado, 27 de diciembre de 2025

 

Cuando la Navidad se hizo canto en Santa María Magdalena

Música, infancia y luz compartida en la tarde de Navidad en Cehegín

La tarde de Navidad caía fría sobre Cehegín. El aire cortante y la fría lluvia recorrían las calles del casco antiguo y obligaba a abrigarse bien antes de salir de casa. Sin embargo, al cruzar el umbral de la iglesia de Santa María Magdalena, algo cambiaba. El frío quedaba atrás y, casi sin darse cuenta, el visitante se veía envuelto por un ambiente cálido, acogedor y profundamente navideño. No solo por la temperatura del templo, sino por una atmósfera invisible hecha de expectación, recogimiento y emoción compartida.

En esa tarde tan señalada, la iglesia se transformó verdaderamente en pesebre, en abrazo y en canto, tal y como anunciaban las palabras iniciales del concierto. No se trataba únicamente de escuchar música, sino de vivir la Navidad desde dentro, de dejarse tocar por la ternura del misterio que se celebra cada 25 de diciembre: Dios que se hace pequeño, cercano y frágil, para habitar entre los hombres.



Un templo vivo: el Belén, los niños y el ir y venir de la Navidad

Mientras el concierto se preparaba, la iglesia era ya un espacio lleno de vida. El Belén de la Magdalena, tan querido y visitado, se convirtió en punto de encuentro constante. El ir y venir de niñas y niños —de la mano de padres, abuelos o familiares— marcaba el pulso de la tarde. Sus miradas curiosas se detenían en cada detalle del nacimiento, sus pasos apresurados rompían el silencio con naturalidad, recordando que la Navidad es, ante todo, vida que se mueve, que pregunta y que se asombra.

Fueron muchas las personas que esa tarde se acercaron a visitar el Belén y a participar del concierto. Vecinos, familias, mayores y jóvenes compartían banco y mirada, creando un clima de comunidad serena y cercana. Todo parecía confluir en un mismo sentimiento: el deseo de detener el tiempo, aunque solo fuera un instante, para celebrar juntos lo esencial.




Un diálogo entre generaciones: voces que se heredan

Uno de los momentos más hermosos y significativos del concierto fue, sin duda, la unión de voces. Las de la Coral Enclave, el coro del Instituto Alquipir y las de niñas y niños que participaron con ilusión y verdad se entrelazaron en un auténtico diálogo entre generaciones. Allí se hizo visible el sentido más profundo de la Navidad: la música que se transmite, que no se guarda ni se encierra, sino que se comparte y se proyecta hacia el futuro.

Las voces blancas, claras y luminosas, se elevaron hacia las bóvedas del templo, encumbrándose con una pureza que conmovió al público. No eran solo notas afinadas; eran emociones sinceras, miradas atentas, nervios contenidos y una alegría que vibraba en cada acorde. Adultos y niños cantaban juntos, recordando que la Navidad se construye en comunidad y que la esperanza se aprende desde pequeños.



La música como camino al misterio: instrumentos que hablan

El acompañamiento instrumental fue otro de los grandes pilares del concierto. La interpretación de Claudia Fernández Párraga al piano, Manuel De Gea Espín al violonchelo, Miriam Ruiz Ruiz al violín y Manuel Giménez de Bejar a la guitarra permitió ahondar aún más en el espíritu navideño. Sus interpretaciones no se limitaron a acompañar las voces, sino que dialogaron con ellas, creando paisajes sonoros llenos de matices, recogimiento y emoción.

El piano aportó profundidad y sostén; el violonchelo, calidez y hondura; el violín, luz y delicadeza; y la guitarra, cercanía y sencillez. Juntos construyeron un lenguaje musical que invitaba al silencio interior, a la contemplación y al agradecimiento, envolviendo cada obra en un clima de auténtica oración cantada.


La Coral Enclave: cuando el canto convoca y da calor

En una tarde lluviosa y fría como la del día de Navidad, no basta con abrir las puertas de una iglesia para reunir a las personas. Hace falta algo más profundo: una llamada que convoque almas, una voz colectiva capaz de atraer, abrazar y dar calor. Ese papel lo desempeñó, una vez más, la Coral Enclave.

La Coral Enclave no es solo un conjunto de voces afinadas; es una comunidad que sabe reunir en torno al canto, crear espacios de encuentro y transformar el frío exterior en cercanía compartida. A pesar de la lluvia persistente y de las bajas temperaturas, la iglesia de Santa María Magdalena se llenó, demostrando que cuando la música nace de la verdad y del compromiso, encuentra siempre su camino hasta el corazón de la gente.

Las voces de la Coral Enclave actuaron como un hogar sonoro, envolviendo al público en una sensación de recogimiento y pertenencia. Cada acorde parecía decir “estás en casa”, cada frase musical tendía un puente entre quienes cantaban y quienes escuchaban. En ese clima, la Navidad dejó de ser una fecha para convertirse en una experiencia vivida, sentida y compartida.

Además, la Coral Enclave supo ejercer su papel de mediadora entre generaciones, acogiendo y sosteniendo las voces jóvenes, animándolas y elevándolas sin eclipsarlas. Desde esa generosidad musical y humana, el canto se convirtió en transmisión, en herencia viva que pasa de unas manos a otras, de unas gargantas a otras, asegurando que la llama de la música coral siga encendida.

En aquella tarde fría y lluviosa, la Coral Enclave demostró que el canto también puede ser refugio, que la música tiene la capacidad de reunir, de consolar y de encender luces pequeñas pero firmes. Y así, entre notas, silencios y aplausos, la Navidad encontró su calor más verdadero: el que nace cuando las personas se reúnen para cantar juntas.




Las obras: estampas sonoras del Belén

El repertorio interpretado fue tan diverso como coherente, uniendo épocas y estilos distintos bajo un mismo hilo conductor: la Navidad como misterio de amor y humildad.

Niño Dios d’amor herido abrió el programa mirando al Niño desde la ternura y el asombro. Un amor frágil, no triunfal, que ya desde el pesebre se ofrece para sanar al mundo.

Lully, lulla, antigua nana, fue un susurro delicado en la noche santa, una melodía que parecía mecer no solo al Niño, sino también el corazón de quienes escuchaban.




Con Et in terra pax, el anuncio de los ángeles se convirtió en súplica y compromiso: que la paz no se quede en palabras, sino que habite en los corazones.


Immanuel recordó con fuerza serena que Dios está con nosotros, que no camina lejos, sino que acompaña cada paso de la vida humana.


El Halleluia estalló como grito de júbilo compartido, una alegría que no puede callarse ante el milagro de la vida que renace.


Carol of the Bells trajo movimiento, expectación y fiesta, como campanas que despiertan al pueblo para anunciar una gran noticia.



Con Love Shine a Light, la Navidad se entendió como compromiso: dejar que el amor brille y transforme, especialmente a través de las voces jóvenes.


Y el Popurrí final cerró el concierto como una gran celebración comunitaria, donde melodías y edades distintas formaron un solo corazón.

Música y Navidad: un mismo lenguaje

Todas estas obras, tan distintas entre sí, compartían un mismo fondo: la Navidad como experiencia viva. Cada una fue una estampa del Belén, una forma distinta de acercarse al misterio desde el silencio, la alegría, la ternura o la esperanza. La música se convirtió así en lenguaje universal, capaz de decir lo que a veces las palabras no alcanzan.




Epílogo: una iglesia impregnada de luz

Cuando el concierto llegó a su fin, la iglesia de Santa María Magdalena quedó impregnada de algo difícil de explicar, pero fácil de sentir. Un ambiente confortable y cálido, nacido de la música, de las voces compartidas y de la emoción sincera. Afuera seguía haciendo frío, pero dentro permanecía encendida una luz distinta: la de la Navidad vivida en comunidad.

Fue una tarde para recordar, para agradecer y para guardar en la memoria. Una tarde en la que la música fue luz en el camino, consuelo en el alma y alegría en el corazón. Una tarde en la que Cehegín cantó la Navidad… y la Navidad respondió.


Muy buenas tardes y feliz Navidad.

(Introducción al concierto)

En esta tarde de Navidad, cuando aún resuena el eco del anuncio de los ángeles y la luz del Niño recién nacido ilumina nuestros hogares, esta iglesia de Santa María Magdalena se convierte en pesebre, en abrazo y en canto. Nos reunimos no solo para escuchar música, sino para compartir un momento de esperanza, de ternura y de paz, en uno de los días más hondos y luminosos del año.

Las obras que esta tarde vamos a interpretar son distintas entre sí, nacidas en épocas y lugares diversos, pero todas se inclinan ante el mismo misterio: Dios que se hace pequeño, la luz que vence a la oscuridad, la humildad que transforma el mundo. Cada canto es una estampa del Belén: el silencio de la noche, la voz de los pastores, la dulzura de una madre, la alegría que desborda y se hace villancico.

Este concierto es también un diálogo entre generaciones. Hoy, las voces de la Coral Enclave se unen a las del coro del Instituto Alquipir y a las de niñas y niños que cantan con ilusión y verdad. En ese encuentro se hace visible el sentido más profundo de la Navidad: la música que se hereda, que se aprende, que se comparte y que mira al futuro con esperanza. Porque la Navidad no se guarda, se transmite; no se encierra, se canta juntos.




Niño Dios d’amor herido

Comenzamos mirando al Niño Dios desde la ternura y desde el misterio. Este canto nos recuerda que el amor que nace en Belén no es un amor triunfal, sino frágil y entregado, un amor que se deja herir para sanar al mundo. En la sencillez del pesebre ya late toda la grandeza de la Navidad.



Lully, lulla

Esta antigua nana es un susurro en la noche santa. Una madre meciendo el sueño del Niño, una melodía que parece detener el tiempo. En su dulzura hay silencio, protección y consuelo, como si el mundo entero guardara respeto ante el descanso de Dios hecho niño.

Et in Terra pax

“Y en la tierra paz”. Con estas palabras, los ángeles anuncian la promesa más deseada por la humanidad. Esta obra eleva ese anuncio hasta convertirlo en oración: que la paz no sea solo un canto, sino una verdad que habite en los corazones y se extienda más allá de estas paredes.

Immanuel

Immanuel significa “Dios con nosotros”. Este canto proclama la cercanía de un Dios que no se queda lejos, sino que camina, sufre y se alegra con su pueblo. En Navidad celebramos precisamente eso: que nunca estamos solos, que la luz nos acompaña incluso en la noche.

Halleluia

El “Halleluia” es un grito de júbilo, una alegría que no puede callarse. En Navidad, la alabanza brota espontánea ante el milagro de la vida que renace. Esta obra nos invita a unir nuestra voz —adultos y niños— al canto eterno de la esperanza y la gratitud.

Carol of the Bells

El sonido de las campanas anuncia la gran noticia: algo nuevo ha sucedido en el mundo. Esta pieza evoca movimiento, luz y expectación, como un pueblo que despierta para celebrar. Es la alegría que recorre las calles, los hogares y los corazones en la noche de Navidad.

Love Shine a Light

Este canto nos recuerda que la Navidad es, ante todo, un compromiso con la luz. Una luz que no deslumbra, pero que guía; que no impone, pero transforma. Que el amor brille, especialmente a través de las voces jóvenes, y nos haga portadores de esperanza.

Popurrí

Cerramos con un canto compartido, una suma de melodías que forman un solo corazón. El popurrí es celebración, memoria y sonrisa, como la Navidad vivida en comunidad. Voces distintas, edades distintas, unidas para recordar que la alegría crece cuando se comparte.

Que estas melodías nos ayuden a detenernos, a mirar con ojos nuevos lo que de verdad importa, a reconciliarnos con la sencillez y a dejarnos tocar por la emoción de lo pequeño. Que cada nota sea un susurro de paz, un gesto de amor y una oración cantada.

Gracias por acompañarnos en esta tarde tan especial. Que la música que ahora comienza sea luz en el camino, consuelo en el alma y alegría en el corazón.


Disfruten del concierto.

Feliz y santa Navidad.




domingo, 14 de diciembre de 2025

 

Reflejos

De lo que fue Cehegín, en el ahora...

 Gentes y lugares

Una mirada al alma de Cehegín

Hay pueblos cuya esencia no se mide en calles ni en piedras, sino en la huella silenciosa que deja su gente al pasar. Cehegín es uno de ellos. Su casco antiguo, extendido entre cuestas, plazas y miradores, respira una memoria que no pertenece solo al pasado, sino que continúa viviendo en cada gesto cotidiano, en cada portón abierto al amanecer, en cada sombra que cruza la calle Mayor cuando baja la tarde.

Plaza del Castillo



Reflejos nace de esa certeza: la de que el tiempo no se pierde, sino que se transforma, de que un pueblo no se entiende sin su gente, y que su gente no puede entenderse sin los lugares que les dieron forma.Los lugares que recorremos hoy —el Casino, la Estafeta, la Plaza del Castillo, las callejuelas que suben hacia la Magdalena— han sido escenario de cientos de vidas, risas, silencios, despedidas y regresos. Y en cada uno de ellos permanece algo de quienes los habitaron. Sus pasos resuenan todavía, como un murmullo suave que acompaña al caminante atento.

Este proyecto no es solo un ejercicio fotográfico ni un juego comparativo entre ayer y hoy: es un gesto de respeto. Es una invitación a mirar con nuevos ojos aquello que siempre estuvo ahí. Es volver a contemplar los dinteles gastados, los balcones cargados de macetas, los azulejos que han visto pasar generaciones, y comprender que detrás de cada imagen antigua hay una historia de vida; detrás de cada fotografía actual, una continuidad que se mantiene.

Casino de Cehegín, en primer plano
mi abuelo 
Manuel Ruiz Pérez



A través de una mirada volvemos nuestros ojos  hacia atrás para comprender el ahora, y mira al ahora para honrar el ayer. A través de imágenes que se superponen —las antiguas, cargadas de vida, y las actuales, plenas de silencio y persistencia— surge un diálogo entre dos tiempos que no compiten, sino que se abrazan. Cada fotografía es una ventana abierta: un espacio donde pasado y presente se reconocen en la misma luz, en la misma esquina, en la misma baldosa.

Los lugares, a su vez, han aprendido a guardar memoria. Las fachadas conservan gestos; los balcones retienen ecos; las plazas respiran vidas que ya no están, pero que tampoco se han ido del todo. Hay algo profundamente humano en la permanencia del espacio: en cómo las casas vigilan, en cómo las escaleras guardan las prisas, en cómo el aire parece recordar el olor de otro tiempo.

Calle Mesón Viejo



Porque Reflejos es, ante todo, un homenaje.
Un homenaje a las mujeres que se asomaban a los balcones para ver pasar las fiestas; a los niños que corrían con un triciclo por la Estafeta; a los hombres que compartían confidencias en los salones del Casino; a las familias que llenaban las casas del casco antiguo de olor a comida, de voces, de música, de vida. Es también un homenaje a quienes hoy siguen habitando estos lugares, manteniendo viva una forma de estar en el mundo que es ya parte del patrimonio emocional de Cehegín.

Plaza Vieja


Aquí, pasado y presente se miran sin estridencias, con una complicidad tranquila.
Las calles que un día fueron bulliciosas hoy guardan ecos que solo se revelan a quien sabe caminar despacio. Las fachadas, como rostros antiguos, conservan las arrugas del tiempo que les da belleza y verdad. Y las fotografías —las antiguas y las actuales— se convierten en un puente: uniendo generaciones, devolviendo dignidad a lo vivido, recordándonos que somos, también, herederos de quienes nos precedieron.

Aquí, en estas imágenes que se encuentran, Cehegín se mira en dos espejos: en el de lo que fue y en el de lo que es. Y en ese juego de luces, sombras y vidas, descubrimos que nada se ha perdido del todo; simplemente ha cambiado de forma, como cambia la luz al girar una esquina.

Plaza del Mesoncico


Reflejos, gentes y lugares es, así, una manera de agradecer. De reconocer que Cehegín es más que un lugar: es una memoria compartida. Un territorio donde cada piedra guarda una confidencia, donde cada esquina es un capítulo de la historia íntima del pueblo. Mirar estas imágenes, detenerse en ellas, comparar lo que fue y lo que es, es un acto de cariño hacia la identidad profunda de este rincón del mundo.

Cuesta Moreno


Por eso Reflejos es más que un proyecto fotográfico.

Es un acto de escucha hacia lo que permanece.

Es un homenaje silencioso a quienes hicieron del casco antiguo un hogar compartido y a quienes aún hoy lo mantienen vivo con su presencia, su cuidado y su identidad.

Que este proyecto sirva, entonces, como puerta abierta.

Como mapa emocional.

Como espejo donde se encuentren quienes fueron, quienes somos y quienes seremos.

Porque en Cehegín, cada persona y cada lugar son reflejos de una misma luz antigua que aún nos acompaña.

Que estas páginas inviten a mirar con más calma, a reconocer lo que aún late bajo cada piedra, a honrar a quienes caminaron antes y a quienes seguirán caminando después.

Porque Reflejos, gentes y lugares es, al fin y al cabo, una forma de decir:
“Aquí estuvimos, aquí estamos, y aquí seguimos siendo.”