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domingo, 19 de julio de 2026

 Vuelve a tu casa, Madre.


Bienvenida a la Virgen de las Maravillas en la parroquia de Santa María Magdalena


Ave María.



Madre de las Maravillas: no sabemos si son las campanas las que anuncian tu llegada o si es el corazón de todo un pueblo el que hoy repica con ellas. Hay días en los que la historia parece detener su curso para convertirse en eternidad; hay instantes en los que el tiempo deja de contar las horas porque sólo importa el encuentro. Hoy es uno de esos días. Hoy no viene únicamente una imagen, ni llega solamente una admirable obra salida de las manos inspiradas del escultor virtuoso. Hoy entra una Madre. Y cuando una madre llega a la casa de sus hijos, todo cambia. Hasta el aire parece distinto, las piedras hablan, los silencios rezan, las lágrimas dejan de avergonzarse y el alma descubre que hay nostalgias que sólo pueden curarse cuando vuelve aquello que nunca debió marcharse.


Bienvenida. Bienvenida a esta iglesia de Santa María Magdalena, templo antiguo que ha visto pasar generaciones enteras de cehegineros; templo que conoce el lenguaje de las campanas, el perfume del incienso y el rumor de las plegarias pronunciadas en voz baja por quienes jamás perdieron la esperanza. Cuántos ojos te contemplaron aquí; cuántas madres levantaron a sus hijos para que aprendieran desde pequeños el camino de tu mirada; cuántos ancianos apoyaron en estos bancos el peso de toda una vida mientras repetían lentamente el Avemaría; cuántos jóvenes buscaron respuestas delante de ti; cuántos enfermos encontraron consuelo y cuántos corazones rotos volvieron a latir porque descubrieron que una Madre nunca abandona. Todo eso permanece, porque la verdadera memoria no vive únicamente en los libros. Habita en los lugares, en las piedras, en la madera desgastada, en las columnas que escucharon oraciones hace siglos, en los muros que absorbieron lágrimas de alegría y de dolor y también en ese silencio tan profundo que sólo existe cuando Dios pasa cerca. Hoy este templo vuelve a reconocerte y quizá también tú reconoces cada rincón, porque las madres nunca olvidan el camino que conduce hasta sus hijos.


Vivimos tiempos extraños. Hemos aprendido a correr, pero hemos olvidado detenernos; sabemos comunicarnos con el mundo entero y, sin embargo, cada vez nos cuesta más hablar con quienes tenemos al lado. Construimos edificios más altos, pero demasiadas veces levantamos muros entre unos y otros. Tenemos más cosas, pero quizá menos paz; más ruido y menos silencio; más prisas y menos esperanza. Por eso tu llegada tiene hoy un significado todavía mayor, porque tú no vienes a traernos soluciones humanas, sino a recordarnos algo infinitamente más importante: que Dios sigue caminando con nosotros, que el Evangelio continúa siendo posible, que el amor todavía puede vencer al odio, que el perdón sigue siendo más fuerte que la venganza, que la fe continúa iluminando incluso las noches más oscuras y que jamás existe una herida tan profunda que Dios no pueda convertir en fuente de gracia.


Madre, tu rostro habla sin pronunciar una sola palabra. En él no encontramos el gesto triunfal de los poderosos, sino la serenidad de quien aceptó plenamente la voluntad de Dios, la dulzura de quien conoció el sufrimiento y la belleza serena de la esperanza. Tú sostienes al Niño, pero en realidad eres tú quien nos lo entrega, como si quisieras repetir eternamente aquellas palabras pronunciadas en Caná: «Haced lo que Él os diga». Toda tu vida consiste en señalar a Cristo. Nunca buscas que nos quedemos contemplándote únicamente a ti; siempre nos conduces hasta Él, y precisamente por eso eres tan grande, porque toda tu grandeza consiste en dejar que sea Dios quien brille.


Esta tarde no sólo entra la Patrona de un pueblo; entra también nuestra propia historia. Contigo regresan los nombres de quienes ya no están: nuestros padres, nuestros abuelos, aquellos que nos enseñaron a santiguarnos, quienes nos llevaron por primera vez a contemplarte, los que nos hablaron de tus maravillas y pronunciaban tu nombre con esa confianza sencilla que sólo poseen quienes creen de verdad. Ellos siguen caminando con nosotros, porque un pueblo nunca pierde a quienes lo amaron mientras conserve viva su memoria. Y hoy esa memoria tiene tu rostro.


Madre de las Maravillas, mira nuestras casas. Entra en ellas antes que nosotros. Si encuentras tristeza, siembra esperanza; si encuentras división, regala reconciliación; si encuentras enfermedad, concede fortaleza; si encuentras soledad, haz sentir la cercanía de Dios. Si encuentras jóvenes sin rumbo, enséñales que la verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en descubrir aquello para lo que uno ha sido creado. Protege a nuestros niños, sostén a nuestros mayores, consuela a quienes lloran, da descanso a quienes viven cansados y despierta la fe de quienes hace tiempo dejaron de mirar al cielo.


Decían los antiguos escritores espirituales que las madres reconocen a sus hijos incluso cuando éstos han cambiado con el paso de los años. También Cehegín ha cambiado. Han cambiado las calles, las costumbres, las generaciones y los ritmos de la vida. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: el lugar que ocupas en el corazón de este pueblo. Mientras exista un ceheginero que rece pronunciando tu nombre, mientras una vela siga consumiéndose delante de tu altar, mientras una campana anuncie tu fiesta, mientras una madre enseñe a un niño quién eres y mientras un anciano sonría al verte pasar, seguirás siendo el alma silenciosa de Cehegín, la memoria viva de nuestra historia, el refugio de nuestra esperanza y la Madre que jamás deja de esperar el regreso de sus hijos.


Por eso hoy no queremos decir únicamente «bienvenida». Queremos decirte algo mucho más profundo: vuelve a tu casa, Madre. Vuelve a caminar por nuestras calles, vuelve a llenar de esperanza nuestros hogares, vuelve a enseñarnos que la fe nunca envejece cuando se vive con amor y vuelve a recordarnos que Dios continúa haciendo maravillas allí donde encuentra un corazón dispuesto. Y cuando algún día termine también nuestro camino, cuando se apaguen nuestras voces y otros ocupen nuestro lugar, haz que ellos puedan recibirte con el mismo amor con que hoy lo hacemos nosotros, para que nunca se rompa esta hermosa cadena de fe que, desde hace siglos, une a los hijos con su Madre.


Entra ya. Las puertas de Santa María Magdalena están abiertas, pero mucho más abiertos están nuestros corazones. Bienvenida. Bienvenida para siempre. Que tu presencia renueve nuestra esperanza, fortalezca nuestra fe y nos conduzca siempre hasta tu Hijo. Y que Cehegín, bajo tu mirada maternal, siga siendo un pueblo que encuentre en el Evangelio la razón de su esperanza y en ti el consuelo de una Madre que nunca deja de acompañar a sus hijos.


¡Viva la Virgen de las Maravillas! ¡Viva la Madre de Dios! ¡Viva la Patrona de Cehegín!

lunes, 29 de junio de 2026

 Reflejos

PERSPECTIVAS DE NUESTRO CASCO ANTIGUO. EL CEHEGÍN DE SIEMPRE.

De lo que fue Cehegín, en el ahora...




«Los tejados cambiaron de manos, las ventanas de miradas y las calles de generaciones; pero el corazón de Cehegín continúa latiendo bajo las mismas piedras.»

Hay fotografías que documentan un lugar y otras que consiguen detener el tiempo. Estas dos imágenes pertenecen a la segunda categoría. Separadas por varias décadas, no sólo muestran la evolución del casco antiguo de Cehegín; nos invitan a contemplar cómo el tiempo transforma las cosas sin lograr alterar su esencia. Son dos miradas dirigidas hacia un mismo paisaje, dos instantes alejados entre sí por los años y, sin embargo, unidos por una misma identidad.

A primera vista, el lector descubre un entramado de tejados superpuestos que descienden suavemente por la ladera, como si cada vivienda hubiera encontrado su lugar siguiendo el pulso natural de la montaña. Es una arquitectura nacida de la necesidad, del ingenio y del esfuerzo acumulado de generaciones enteras. No responde a la rigidez de un plano, sino a la lógica pausada con la que los pueblos van escribiendo su propia historia. Cada casa parece apoyarse en la anterior, cada cubierta dialoga con la siguiente y todas juntas forman un paisaje urbano que sólo puede comprenderse como un todo. El casco antiguo de Cehegín no es la suma de sus edificios; es la armonía que nace entre ellos.

Sobre ese océano de piedra y teja destacan dos siluetas que, ayer como hoy, continúan orientando la mirada y la memoria. La ermita de la Purísima Concepción se eleva con la serenidad de quien ha contemplado el paso de los siglos sin perder nunca su lugar en el horizonte. Sus campanas han acompañado la vida cotidiana de generaciones de cehegineros, marcando las horas del trabajo, de la fiesta, de la oración y del descanso. A su lado, el antiguo palacete del Duque de Ahumada recuerda el esplendor de una villa que fue creciendo entre el empuje de sus gentes y el legado de quienes dejaron en ella una huella arquitectónica de extraordinario valor. Ambos edificios siguen ejerciendo como hitos de un paisaje donde lo monumental convive con la sencillez de las viviendas populares, componiendo una imagen inseparable de la identidad de Cehegín.

Sin embargo, quizá lo más emocionante de estas fotografías no sean sus edificios más reconocibles, sino aquello que pasa casi inadvertido. Las fachadas encaladas, las pequeñas ventanas abiertas a la luz, los balcones que durante décadas contemplaron la vida de la calle, las chimeneas que anunciaban un hogar encendido y los tejados de teja árabe, desgastados por la lluvia, el viento y el sol, son los verdaderos protagonistas de esta escena. Cada uno guarda una historia que nunca aparecerá en los archivos ni en las crónicas oficiales. Tras esos muros hubo familias que comenzaron el día con el sonido de las campanas, niños que jugaron en las calles empedradas, mujeres que conversaban sentadas a la puerta de sus casas durante las tardes de verano y vecinos que hicieron de este lugar mucho más que un conjunto de viviendas: hicieron de él una comunidad.

Resulta inevitable dirigir también la mirada hacia el horizonte que se abre tras el caserío. Aunque el río Argos apenas se insinúe desde esta perspectiva, toda la composición parece orientarse hacia su ribera, como si las casas buscaran desde siempre ese diálogo silencioso con el valle que dio sentido al nacimiento y crecimiento de la ciudad. El paisaje urbano y el paisaje natural se necesitan mutuamente. No puede comprenderse el Cehegín histórico sin la presencia constante del Argos, del mismo modo que el río tampoco puede desligarse de las siluetas que durante siglos han acompañado su curso.

Cuando ambas fotografías se contemplan juntas, el tiempo deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en una experiencia visible. Cambian las cubiertas, aparecen nuevos balcones, desaparecen algunos volúmenes, se transforman las fachadas y evolucionan las formas de habitar las mismas casas. Son cambios naturales, propios de un pueblo que continúa vivo. Pero hay algo que permanece inalterable y que escapa a cualquier reforma o restauración: el alma del paisaje. Esa continuidad es, quizá, el mayor patrimonio de Cehegín. Porque conservar no significa inmovilizar el tiempo, sino permitir que cada generación escriba su capítulo sin borrar las páginas anteriores.

Esa es también la razón de ser de REFLEJOS. Este proyecto no nació para mostrar únicamente cuánto ha cambiado un rincón de nuestro pueblo, sino para descubrir todo aquello que el paso de los años ha respetado. Frente a estas dos imágenes comprendemos que el verdadero protagonista no es el antes ni el ahora, sino el hilo invisible que los une. Un hilo tejido con la memoria de quienes levantaron estas casas, de quienes las habitaron y de quienes hoy siguen encontrando en ellas un motivo para sentirse parte de una historia mucho más grande que ellos mismos.

Quizá por eso esta perspectiva emociona tanto. Porque no observamos únicamente un conjunto de edificios. Observamos un paisaje construido por la vida. Cada tejado es el reflejo de un hogar; cada ventana, la mirada de una familia; cada fachada, el testimonio silencioso de quienes dejaron aquí una parte de su existencia. Todo parece recordarnos que los pueblos no se definen sólo por la belleza de sus monumentos, sino por la memoria que son capaces de conservar entre sus piedras.

Al contemplar estas dos fotografías comprendemos que el casco antiguo de Cehegín ha sabido transformarse sin renunciar a su identidad. Ha cambiado lo suficiente para seguir viviendo y ha permanecido lo suficiente para seguir siendo reconocido. En esa delicada armonía entre permanencia y cambio reside su verdadera grandeza. Porque hay ciudades que crecen olvidando su pasado, mientras que otras, como Cehegín, avanzan llevando consigo la memoria de quienes las hicieron posibles.

Y tal vez sea ése el reflejo más hermoso que nos ofrece esta doble imagen: la certeza de que el tiempo puede modificar las formas, pero nunca el alma de un lugar cuando existe un pueblo dispuesto a conservarla con orgullo, a contemplarla con respeto y a transmitirla, generación tras generación, como el legado más valioso de todos.

miércoles, 1 de abril de 2026

Meditaciones a las llagas de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín

 La Quinta Llaga: el Costado de Cristo

Meditación ante Nuestro Padre Jesús Nazareno en la ermita de la Purísima Concepción de Cehegín

Después de recorrer espiritualmente las cuatro primeras llagas del Señor —los pies que marcan el camino del hombre y las manos que expresan la justicia y la bendición de Dios— la contemplación alcanza su punto culminante en la llaga del costado de Cristo. Esta herida, abierta por la lanza en el momento supremo de la crucifixión, ha sido desde los primeros siglos del cristianismo una de las imágenes más profundas del misterio de la redención. En ella no solo se contempla el sufrimiento del Señor, sino el amor total y definitivo con el que Dios se entrega al mundo.

El Evangelio narra que del costado de Cristo brotaron sangre y agua, signo que la tradición cristiana ha interpretado como símbolo de los sacramentos que dan vida a la Iglesia: el agua del Bautismo y la sangre de la Eucaristía. De este modo, la llaga del costado no es simplemente una herida más entre las cinco; es, en cierto modo, el corazón abierto de Cristo, la fuente desde la que fluye la gracia que sostiene toda la vida cristiana.


La oración que acompaña esta llaga recoge ese sentido profundo cuando pide: “encended en mi corazón el fuego de vuestro amor y concededme la gracia de perseverar en amáros por toda la eternidad”. No se trata ya solo de corregir el camino o de aspirar a la salvación futura; se trata de participar del mismo amor que brota del costado de Cristo, de dejar que ese amor transforme el interior del creyente hasta convertir su vida en respuesta fiel y perseverante.

En la ermita de la Purísima Concepción, en el corazón antiguo de Cehegín, esta contemplación adquiere un tono especialmente íntimo cuando se realiza ante Nuestro Padre Jesús Nazareno. La imagen del Señor, tan profundamente arraigada en la devoción del pueblo, invita a penetrar en ese misterio de amor silencioso que se expresa en cada una de sus heridas. Al mirarlo, el creyente percibe que la Pasión de Cristo no es solo un acontecimiento lejano de la historia, sino una presencia viva que sigue hablando al corazón de los hombres.

Los muros centenarios de la ermita han sido testigos de innumerables plegarias pronunciadas ante el Nazareno. En ese espacio recogido, donde el tiempo parece detenerse entre luces de devoción y ecos de cantos antiguos, la contemplación del costado abierto del Señor se convierte en una experiencia profundamente espiritual. El creyente comprende que esa herida no es símbolo de derrota, sino puerta de salvación, abertura por la que el amor divino entra en la historia humana.

El canto tradicional que acompaña esta llaga lo expresa con una belleza sencilla y llena de simbolismo:

Oh divino costado,

en vivos resplandores,

entre rojos colores,

siendo del cielo puerta,

siempre abierta…

La imagen es poderosa: el costado de Cristo aparece como puerta del cielo, una puerta que permanece abierta para todos. La sangre que brota de la herida, evocada en esos “rojos colores”, no es signo de muerte definitiva, sino resplandor de vida nueva. Allí donde el mundo ve una herida, la fe descubre una entrada hacia la eternidad.

Cuando el canto repite las palabras “siempre abierta, siempre abierta”, parece querer subrayar una verdad esencial de la espiritualidad cristiana: la misericordia de Dios no se cierra jamás. El costado de Cristo permanece abierto en el tiempo como signo de que el amor divino está siempre dispuesto a acoger al hombre que busca volver a Él.

Ante Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín, esta verdad adquiere un significado particularmente cercano. El pueblo que acude a la ermita de la Concepción reconoce en el Nazareno no solo al Cristo sufriente, sino al Cristo que abre para todos el camino del cielo. Su presencia silenciosa en ese templo antiguo continúa invitando a cada generación a acercarse al misterio de su amor.

Así, la quinta llaga corona el recorrido espiritual iniciado con la primera. Los pies del Señor enseñaban al hombre a abandonar los caminos de la perdición y a seguir la senda de la virtud; las manos mostraban la justicia y la bendición divina; y ahora el costado abierto revela el centro mismo del misterio cristiano: el amor redentor de Dios.

En el silencio recogido de la ermita ceheginera, mientras resuena suavemente el eco del canto antiguo, el creyente comprende que todas las llagas del Señor conducen finalmente a esta última revelación. El costado abierto de Cristo es la puerta siempre abierta del cielo, y quien contempla esa herida con fe descubre que el camino iniciado a los pies del Señor culmina en el abrazo eterno de su amor.







sábado, 27 de diciembre de 2025

 

Cuando la Navidad se hizo canto en Santa María Magdalena

Música, infancia y luz compartida en la tarde de Navidad en Cehegín

La tarde de Navidad caía fría sobre Cehegín. El aire cortante y la fría lluvia recorrían las calles del casco antiguo y obligaba a abrigarse bien antes de salir de casa. Sin embargo, al cruzar el umbral de la iglesia de Santa María Magdalena, algo cambiaba. El frío quedaba atrás y, casi sin darse cuenta, el visitante se veía envuelto por un ambiente cálido, acogedor y profundamente navideño. No solo por la temperatura del templo, sino por una atmósfera invisible hecha de expectación, recogimiento y emoción compartida.

En esa tarde tan señalada, la iglesia se transformó verdaderamente en pesebre, en abrazo y en canto, tal y como anunciaban las palabras iniciales del concierto. No se trataba únicamente de escuchar música, sino de vivir la Navidad desde dentro, de dejarse tocar por la ternura del misterio que se celebra cada 25 de diciembre: Dios que se hace pequeño, cercano y frágil, para habitar entre los hombres.



Un templo vivo: el Belén, los niños y el ir y venir de la Navidad

Mientras el concierto se preparaba, la iglesia era ya un espacio lleno de vida. El Belén de la Magdalena, tan querido y visitado, se convirtió en punto de encuentro constante. El ir y venir de niñas y niños —de la mano de padres, abuelos o familiares— marcaba el pulso de la tarde. Sus miradas curiosas se detenían en cada detalle del nacimiento, sus pasos apresurados rompían el silencio con naturalidad, recordando que la Navidad es, ante todo, vida que se mueve, que pregunta y que se asombra.

Fueron muchas las personas que esa tarde se acercaron a visitar el Belén y a participar del concierto. Vecinos, familias, mayores y jóvenes compartían banco y mirada, creando un clima de comunidad serena y cercana. Todo parecía confluir en un mismo sentimiento: el deseo de detener el tiempo, aunque solo fuera un instante, para celebrar juntos lo esencial.




Un diálogo entre generaciones: voces que se heredan

Uno de los momentos más hermosos y significativos del concierto fue, sin duda, la unión de voces. Las de la Coral Enclave, el coro del Instituto Alquipir y las de niñas y niños que participaron con ilusión y verdad se entrelazaron en un auténtico diálogo entre generaciones. Allí se hizo visible el sentido más profundo de la Navidad: la música que se transmite, que no se guarda ni se encierra, sino que se comparte y se proyecta hacia el futuro.

Las voces blancas, claras y luminosas, se elevaron hacia las bóvedas del templo, encumbrándose con una pureza que conmovió al público. No eran solo notas afinadas; eran emociones sinceras, miradas atentas, nervios contenidos y una alegría que vibraba en cada acorde. Adultos y niños cantaban juntos, recordando que la Navidad se construye en comunidad y que la esperanza se aprende desde pequeños.



La música como camino al misterio: instrumentos que hablan

El acompañamiento instrumental fue otro de los grandes pilares del concierto. La interpretación de Claudia Fernández Párraga al piano, Manuel De Gea Espín al violonchelo, Miriam Ruiz Ruiz al violín y Manuel Giménez de Bejar a la guitarra permitió ahondar aún más en el espíritu navideño. Sus interpretaciones no se limitaron a acompañar las voces, sino que dialogaron con ellas, creando paisajes sonoros llenos de matices, recogimiento y emoción.

El piano aportó profundidad y sostén; el violonchelo, calidez y hondura; el violín, luz y delicadeza; y la guitarra, cercanía y sencillez. Juntos construyeron un lenguaje musical que invitaba al silencio interior, a la contemplación y al agradecimiento, envolviendo cada obra en un clima de auténtica oración cantada.


La Coral Enclave: cuando el canto convoca y da calor

En una tarde lluviosa y fría como la del día de Navidad, no basta con abrir las puertas de una iglesia para reunir a las personas. Hace falta algo más profundo: una llamada que convoque almas, una voz colectiva capaz de atraer, abrazar y dar calor. Ese papel lo desempeñó, una vez más, la Coral Enclave.

La Coral Enclave no es solo un conjunto de voces afinadas; es una comunidad que sabe reunir en torno al canto, crear espacios de encuentro y transformar el frío exterior en cercanía compartida. A pesar de la lluvia persistente y de las bajas temperaturas, la iglesia de Santa María Magdalena se llenó, demostrando que cuando la música nace de la verdad y del compromiso, encuentra siempre su camino hasta el corazón de la gente.

Las voces de la Coral Enclave actuaron como un hogar sonoro, envolviendo al público en una sensación de recogimiento y pertenencia. Cada acorde parecía decir “estás en casa”, cada frase musical tendía un puente entre quienes cantaban y quienes escuchaban. En ese clima, la Navidad dejó de ser una fecha para convertirse en una experiencia vivida, sentida y compartida.

Además, la Coral Enclave supo ejercer su papel de mediadora entre generaciones, acogiendo y sosteniendo las voces jóvenes, animándolas y elevándolas sin eclipsarlas. Desde esa generosidad musical y humana, el canto se convirtió en transmisión, en herencia viva que pasa de unas manos a otras, de unas gargantas a otras, asegurando que la llama de la música coral siga encendida.

En aquella tarde fría y lluviosa, la Coral Enclave demostró que el canto también puede ser refugio, que la música tiene la capacidad de reunir, de consolar y de encender luces pequeñas pero firmes. Y así, entre notas, silencios y aplausos, la Navidad encontró su calor más verdadero: el que nace cuando las personas se reúnen para cantar juntas.




Las obras: estampas sonoras del Belén

El repertorio interpretado fue tan diverso como coherente, uniendo épocas y estilos distintos bajo un mismo hilo conductor: la Navidad como misterio de amor y humildad.

Niño Dios d’amor herido abrió el programa mirando al Niño desde la ternura y el asombro. Un amor frágil, no triunfal, que ya desde el pesebre se ofrece para sanar al mundo.

Lully, lulla, antigua nana, fue un susurro delicado en la noche santa, una melodía que parecía mecer no solo al Niño, sino también el corazón de quienes escuchaban.




Con Et in terra pax, el anuncio de los ángeles se convirtió en súplica y compromiso: que la paz no se quede en palabras, sino que habite en los corazones.


Immanuel recordó con fuerza serena que Dios está con nosotros, que no camina lejos, sino que acompaña cada paso de la vida humana.


El Halleluia estalló como grito de júbilo compartido, una alegría que no puede callarse ante el milagro de la vida que renace.


Carol of the Bells trajo movimiento, expectación y fiesta, como campanas que despiertan al pueblo para anunciar una gran noticia.



Con Love Shine a Light, la Navidad se entendió como compromiso: dejar que el amor brille y transforme, especialmente a través de las voces jóvenes.


Y el Popurrí final cerró el concierto como una gran celebración comunitaria, donde melodías y edades distintas formaron un solo corazón.

Música y Navidad: un mismo lenguaje

Todas estas obras, tan distintas entre sí, compartían un mismo fondo: la Navidad como experiencia viva. Cada una fue una estampa del Belén, una forma distinta de acercarse al misterio desde el silencio, la alegría, la ternura o la esperanza. La música se convirtió así en lenguaje universal, capaz de decir lo que a veces las palabras no alcanzan.




Epílogo: una iglesia impregnada de luz

Cuando el concierto llegó a su fin, la iglesia de Santa María Magdalena quedó impregnada de algo difícil de explicar, pero fácil de sentir. Un ambiente confortable y cálido, nacido de la música, de las voces compartidas y de la emoción sincera. Afuera seguía haciendo frío, pero dentro permanecía encendida una luz distinta: la de la Navidad vivida en comunidad.

Fue una tarde para recordar, para agradecer y para guardar en la memoria. Una tarde en la que la música fue luz en el camino, consuelo en el alma y alegría en el corazón. Una tarde en la que Cehegín cantó la Navidad… y la Navidad respondió.


Muy buenas tardes y feliz Navidad.

(Introducción al concierto)

En esta tarde de Navidad, cuando aún resuena el eco del anuncio de los ángeles y la luz del Niño recién nacido ilumina nuestros hogares, esta iglesia de Santa María Magdalena se convierte en pesebre, en abrazo y en canto. Nos reunimos no solo para escuchar música, sino para compartir un momento de esperanza, de ternura y de paz, en uno de los días más hondos y luminosos del año.

Las obras que esta tarde vamos a interpretar son distintas entre sí, nacidas en épocas y lugares diversos, pero todas se inclinan ante el mismo misterio: Dios que se hace pequeño, la luz que vence a la oscuridad, la humildad que transforma el mundo. Cada canto es una estampa del Belén: el silencio de la noche, la voz de los pastores, la dulzura de una madre, la alegría que desborda y se hace villancico.

Este concierto es también un diálogo entre generaciones. Hoy, las voces de la Coral Enclave se unen a las del coro del Instituto Alquipir y a las de niñas y niños que cantan con ilusión y verdad. En ese encuentro se hace visible el sentido más profundo de la Navidad: la música que se hereda, que se aprende, que se comparte y que mira al futuro con esperanza. Porque la Navidad no se guarda, se transmite; no se encierra, se canta juntos.




Niño Dios d’amor herido

Comenzamos mirando al Niño Dios desde la ternura y desde el misterio. Este canto nos recuerda que el amor que nace en Belén no es un amor triunfal, sino frágil y entregado, un amor que se deja herir para sanar al mundo. En la sencillez del pesebre ya late toda la grandeza de la Navidad.



Lully, lulla

Esta antigua nana es un susurro en la noche santa. Una madre meciendo el sueño del Niño, una melodía que parece detener el tiempo. En su dulzura hay silencio, protección y consuelo, como si el mundo entero guardara respeto ante el descanso de Dios hecho niño.

Et in Terra pax

“Y en la tierra paz”. Con estas palabras, los ángeles anuncian la promesa más deseada por la humanidad. Esta obra eleva ese anuncio hasta convertirlo en oración: que la paz no sea solo un canto, sino una verdad que habite en los corazones y se extienda más allá de estas paredes.

Immanuel

Immanuel significa “Dios con nosotros”. Este canto proclama la cercanía de un Dios que no se queda lejos, sino que camina, sufre y se alegra con su pueblo. En Navidad celebramos precisamente eso: que nunca estamos solos, que la luz nos acompaña incluso en la noche.

Halleluia

El “Halleluia” es un grito de júbilo, una alegría que no puede callarse. En Navidad, la alabanza brota espontánea ante el milagro de la vida que renace. Esta obra nos invita a unir nuestra voz —adultos y niños— al canto eterno de la esperanza y la gratitud.

Carol of the Bells

El sonido de las campanas anuncia la gran noticia: algo nuevo ha sucedido en el mundo. Esta pieza evoca movimiento, luz y expectación, como un pueblo que despierta para celebrar. Es la alegría que recorre las calles, los hogares y los corazones en la noche de Navidad.

Love Shine a Light

Este canto nos recuerda que la Navidad es, ante todo, un compromiso con la luz. Una luz que no deslumbra, pero que guía; que no impone, pero transforma. Que el amor brille, especialmente a través de las voces jóvenes, y nos haga portadores de esperanza.

Popurrí

Cerramos con un canto compartido, una suma de melodías que forman un solo corazón. El popurrí es celebración, memoria y sonrisa, como la Navidad vivida en comunidad. Voces distintas, edades distintas, unidas para recordar que la alegría crece cuando se comparte.

Que estas melodías nos ayuden a detenernos, a mirar con ojos nuevos lo que de verdad importa, a reconciliarnos con la sencillez y a dejarnos tocar por la emoción de lo pequeño. Que cada nota sea un susurro de paz, un gesto de amor y una oración cantada.

Gracias por acompañarnos en esta tarde tan especial. Que la música que ahora comienza sea luz en el camino, consuelo en el alma y alegría en el corazón.


Disfruten del concierto.

Feliz y santa Navidad.




domingo, 14 de diciembre de 2025

 

Reflejos

De lo que fue Cehegín, en el ahora...

 Gentes y lugares

Una mirada al alma de Cehegín

Hay pueblos cuya esencia no se mide en calles ni en piedras, sino en la huella silenciosa que deja su gente al pasar. Cehegín es uno de ellos. Su casco antiguo, extendido entre cuestas, plazas y miradores, respira una memoria que no pertenece solo al pasado, sino que continúa viviendo en cada gesto cotidiano, en cada portón abierto al amanecer, en cada sombra que cruza la calle Mayor cuando baja la tarde.

Plaza del Castillo



Reflejos nace de esa certeza: la de que el tiempo no se pierde, sino que se transforma, de que un pueblo no se entiende sin su gente, y que su gente no puede entenderse sin los lugares que les dieron forma.Los lugares que recorremos hoy —el Casino, la Estafeta, la Plaza del Castillo, las callejuelas que suben hacia la Magdalena— han sido escenario de cientos de vidas, risas, silencios, despedidas y regresos. Y en cada uno de ellos permanece algo de quienes los habitaron. Sus pasos resuenan todavía, como un murmullo suave que acompaña al caminante atento.

Este proyecto no es solo un ejercicio fotográfico ni un juego comparativo entre ayer y hoy: es un gesto de respeto. Es una invitación a mirar con nuevos ojos aquello que siempre estuvo ahí. Es volver a contemplar los dinteles gastados, los balcones cargados de macetas, los azulejos que han visto pasar generaciones, y comprender que detrás de cada imagen antigua hay una historia de vida; detrás de cada fotografía actual, una continuidad que se mantiene.

Casino de Cehegín, en primer plano
mi abuelo 
Manuel Ruiz Pérez



A través de una mirada volvemos nuestros ojos  hacia atrás para comprender el ahora, y mira al ahora para honrar el ayer. A través de imágenes que se superponen —las antiguas, cargadas de vida, y las actuales, plenas de silencio y persistencia— surge un diálogo entre dos tiempos que no compiten, sino que se abrazan. Cada fotografía es una ventana abierta: un espacio donde pasado y presente se reconocen en la misma luz, en la misma esquina, en la misma baldosa.

Los lugares, a su vez, han aprendido a guardar memoria. Las fachadas conservan gestos; los balcones retienen ecos; las plazas respiran vidas que ya no están, pero que tampoco se han ido del todo. Hay algo profundamente humano en la permanencia del espacio: en cómo las casas vigilan, en cómo las escaleras guardan las prisas, en cómo el aire parece recordar el olor de otro tiempo.

Calle Mesón Viejo



Porque Reflejos es, ante todo, un homenaje.
Un homenaje a las mujeres que se asomaban a los balcones para ver pasar las fiestas; a los niños que corrían con un triciclo por la Estafeta; a los hombres que compartían confidencias en los salones del Casino; a las familias que llenaban las casas del casco antiguo de olor a comida, de voces, de música, de vida. Es también un homenaje a quienes hoy siguen habitando estos lugares, manteniendo viva una forma de estar en el mundo que es ya parte del patrimonio emocional de Cehegín.

Plaza Vieja


Aquí, pasado y presente se miran sin estridencias, con una complicidad tranquila.
Las calles que un día fueron bulliciosas hoy guardan ecos que solo se revelan a quien sabe caminar despacio. Las fachadas, como rostros antiguos, conservan las arrugas del tiempo que les da belleza y verdad. Y las fotografías —las antiguas y las actuales— se convierten en un puente: uniendo generaciones, devolviendo dignidad a lo vivido, recordándonos que somos, también, herederos de quienes nos precedieron.

Aquí, en estas imágenes que se encuentran, Cehegín se mira en dos espejos: en el de lo que fue y en el de lo que es. Y en ese juego de luces, sombras y vidas, descubrimos que nada se ha perdido del todo; simplemente ha cambiado de forma, como cambia la luz al girar una esquina.

Plaza del Mesoncico


Reflejos, gentes y lugares es, así, una manera de agradecer. De reconocer que Cehegín es más que un lugar: es una memoria compartida. Un territorio donde cada piedra guarda una confidencia, donde cada esquina es un capítulo de la historia íntima del pueblo. Mirar estas imágenes, detenerse en ellas, comparar lo que fue y lo que es, es un acto de cariño hacia la identidad profunda de este rincón del mundo.

Cuesta Moreno


Por eso Reflejos es más que un proyecto fotográfico.

Es un acto de escucha hacia lo que permanece.

Es un homenaje silencioso a quienes hicieron del casco antiguo un hogar compartido y a quienes aún hoy lo mantienen vivo con su presencia, su cuidado y su identidad.

Que este proyecto sirva, entonces, como puerta abierta.

Como mapa emocional.

Como espejo donde se encuentren quienes fueron, quienes somos y quienes seremos.

Porque en Cehegín, cada persona y cada lugar son reflejos de una misma luz antigua que aún nos acompaña.

Que estas páginas inviten a mirar con más calma, a reconocer lo que aún late bajo cada piedra, a honrar a quienes caminaron antes y a quienes seguirán caminando después.

Porque Reflejos, gentes y lugares es, al fin y al cabo, una forma de decir:
“Aquí estuvimos, aquí estamos, y aquí seguimos siendo.”

miércoles, 26 de noviembre de 2025

 

Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín: memoria, forma y espíritu de una imagen perdida

Hay imágenes que, aun desaparecidas, siguen viviendo en la memoria de un pueblo. La antigua imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, titular de la cofradía del mismo nombre en Cehegín, pertenece a esa estirpe de presencias que, aunque arrebatadas por la violencia de la historia, no han dejado de caminar —lentas, silenciosas, intensas— por las calles estrechas del casco antiguo. A través de las fotografías antiguas, de los inventarios conservados y de los testimonios de los mayores, podemos reconstruir no solo su forma, sino algo mucho más hondo: su carácter, su unción y su espíritu.



1. La imagen en su retablo: el Nazareno que velaba Cehegín

La primitiva talla de Jesús Nazareno estuvo históricamente vinculada a la iglesia de la Purísima Concepción, donde ocupaba un retablo lateral que actuaba como centro devocional de la Cofradía. En diversos Libros de Visitas Pastorales del siglo XVIII y XIX se alude a este retablo como “el altar donde recibe culto Jesús con la Cruz a cuestas”¹.

Era, por tanto, una presencia constante en la vida cotidiana: los fieles se acercaban a tocar la Cruz, a depositar limosnas, a encender velas por los enfermos; los niños crecían viendo ese semblante inclinado y aquel gesto de mansedumbre. La imagen, profundamente arraigada en la espiritualidad local, formaba parte de la identidad de Cehegín.

2. Descripción de la imagen: un Nazareno de devoción y lamento

La fotografía antigua conservada —reproducida arriba— revela un Nazareno de vestir, siguiendo la costumbre dieciochesca del sureste español. Sus rasgos permiten entrever varios elementos:

  • Cabeza inclinada hacia la derecha, marcada por un dolor sereno y profundamente humano.

  • Corona de espinas rígida, posiblemente tallada, que se hunde ligeramente en la frente, según se aprecia por la sombra marcada en la fotografía.

  • Cabello natural o imitación de pelo natural, muy largo, cayendo sobre los hombros en mechones espigados.

  • Manos expresivas, de dedos alargados, abrazando la Cruz con gesto firme pero no crispado.

  • Cruz de talla, ligeramente inclinada hacia adelante, probablemente de madera oscura sin excesiva ornamentación.

  • Túnica bordada en ricos motivos vegetales, claramente apreciables en la imagen: roleos, hojas carnosas, flores, siguiendo un patrón que recuerda a los bordados murcianos decimonónicos.

  • Talle estilizado, propio de las imágenes de vestir con cuerpo de candelero o armazón.

El conjunto transmite un equilibrio entre solemnidad, pathos y dulzura, rasgo que conecta con la estética de la imaginería murciana posterior a Salzillo.

3. Contexto estilístico: raíces murcianas y ecos peninsulares

Aunque la autoría exacta del Nazareno se ha perdido con el tiempo, su fisonomía encaja bien con la escuela murciana del siglo XVIII–XIX, caracterizada por la influencia de Francisco Salzillo, cuyos seguidores diseminaron modelos por las parroquias rurales del antiguo Reino de Murcia.

Elementos como:

  • la cabeza ladeada,

  • el gesto compasivo más que trágico,

  • la mirada baja,

  • la barba partida en dos mechones,

  • la presencia de túnicas ricamente bordadas,

encuentran paralelos en imágenes como:

  • el Nazareno de Murcia atribuido a Roque López,

  • el Nazareno de Cieza,

  • algunos modelos granadinos tardobarrocos vinculados al círculo de Mora y Risueño.

Todo ello sugiere que la imagen ceheginera pertenecía a una iconografía ampliamente difundida, pero reinterpretada en clave local, con una sensibilidad propia, quizá obra de un maestro o taller regional aún por identificar.

4. La devoción: una imagen que caminaba con su pueblo

La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno aparece documentada en inventarios parroquiales del siglo XIX y en anotaciones de procesiones de Viernes Santo, donde se mencionan pagos de música, cera, arreglos de túnicas y composturas de la Cruz².

La imagen formaba parte esencial de la llamada Procesión de los Pasos, saliendo desde la iglesia de la Concepción y recorriendo las calles del entorno en un ambiente de recogimiento. Los testimonios orales hablan de un Nazareno “que pesaba poco y con el que se andaba bien”, lo que sugiere un cuerpo de armazón ligero y fácil de portar.

5. La pérdida en 1936: ausencia, llaga y memoria

Durante los episodios iconoclastas del verano de 1936, el Nazareno fue destruido junto a otras imágenes de la Concepción y de la Magdalena. Las actas municipales y los relatos recogidos por cronistas locales confirman la pérdida total³.

La desaparición de esta imagen dejó una herida espiritual profunda: Cehegín se quedó sin el rostro que había encabezado durante más de un siglo la penitencia, las promesas, los silencios, las mandas y las lágrimas de sus cofrades.

Aquel Nazareno no era solo un objeto artístico: era un interlocutor. Y su ausencia se sintió como se siente la ausencia de alguien querido.

6. Lo que permanece: la imagen como legado

A pesar de su pérdida material, la imagen sigue siendo memoria viva en Cehegín. Su iconografía pervive en fotografías antiguas, en los retazos de túnicas conservadas, en los relatos transmitidos por las familias, y sobre todo en el corazón de quienes lo vieron procesionar.

Este Nazareno fue un puente entre generaciones. Su rostro inclinado, su túnica bordada y su Cruz abrazada con dignidad siguen inspirando la espiritualidad local y el espíritu penitencial de la Cofradía.

Como toda imagen que ha sido amada, continúa caminando por Cehegín aunque ya no pueda verse.

Notas

  1. Archivo Parroquial de Santa María Magdalena de Cehegín, archivo de la Diocesis, Libro de Visitas Pastorales, varias entradas entre 1760 y 1850 que describen los altares de la iglesia de la Concepción.

  2. Rebuscos de bienes de la Cofradía de Jesús Nazareno, (copias parciales conservadas en publicaciones, legajos, revistas semana santa y otros documentos como actas notariales, inventario de bienes de la Iglesia de la Purísima Concepción, etc...).

  3. Actas Municipales de Cehegín, sesión extraordinaria de agosto de 1936, donde se registran los daños en edificios religiosos.

Bibliografía básica consultada

  • Rubio Paredes, J.: La Imaginería Procesional en el Reino de Murcia. Murcia, 1987.

  • Molina Palazón, J.: Semana Santa en el Noroeste Murciano: Historia y Patrimonio. Caravaca, 2002.

  • López de los Mozos, F.: Inventarios Parroquiales Murcianos del Siglo XIX. Murcia, 1995.

  • García Sainz, A.: El Arte Devocional en la Región de Murcia (1700–1900). Murcia, 2010.


jueves, 20 de noviembre de 2025

 

**DOS LUCES DEL BARROCO EN CEHEGÍN:

LA VIRGEN DE LAS MARAVILLAS Y NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO**
(Una disertación histórica para el Año Jubilar)

I. Introducción: Tres siglos mirándose

Hay pueblos cuya identidad se forja en la piedra de sus calles, y otros que se tejen en la devoción íntima, en la costumbre transmitida de mano en mano. Cehegín pertenece, sin duda, a los segundos. Y entre todas sus devociones, dos figuras han marcado con especial hondura el corazón de la villa: la Virgen de las Maravillas, llegada en 1725 desde Nápoles como un regalo artístico y espiritual sin precedentes; y Nuestro Padre Jesús Nazareno, cuya devoción se consolida en la primera mitad del siglo XVIII, cristalizando en cofradía en 1740 en la antigua ermita de la Concepción.

Ambas advocaciones nacen —o, mejor dicho, florecen— en el mismo tiempo histórico. Ambas irrumpen en un Cehegín que avanza hacia la plenitud del Barroco tardío. Ambas responden a un clima espiritual común: el gusto por la imagen cercana, el pathos emotivo, la catequesis viva de la escultura que mueve a compasión y transforma vidas. Y ambas, tres siglos después, vuelven a encontrarse, unidas por el Año Jubilar de la Virgen de las Maravillas, como si el tiempo cerrara un círculo que se abrió en aquella primera mitad del siglo XVIII.

Lo que este texto busca es contar esa historia compartida: una historia de arte, de pueblo y de fe, que une a dos imágenes que enseñaron —y siguen enseñando— a Cehegín el camino del consuelo y de la esperanza.



II. Un Cehegín barroco: contexto histórico y espiritual

El siglo XVIII abre en Cehegín un tiempo de renovación espiritual. La religiosidad barroca camina hacia su último esplendor: procesiones, rogativas, cofradías, conventos revitalizados, y un gusto creciente por la imagen devocional como vehículo directo hacia lo divino.

Las fuentes municipales y conventuales muestran un dinamismo religioso notable: presencia de los franciscanos del convento de San Esteban, creciente actividad parroquial en Santa María Magdalena, y el papel esencial de las ermitas extramuros como espacios de culto popular (Concepción, Soledad, Belenes, etc.)¹.

En ese ambiente se entienden mejor dos acontecimientos que, aunque independientes, se retroalimentaron mutuamente:

  1. La llegada de la Virgen de las Maravillas en 1725.

  2. La consolidación de la devoción y cofradía de Jesús Nazareno (1740).

Ambos hechos, aparentemente aislados, responden al mismo clima espiritual: sed de imágenes “vivas”, buscadas no solo por su valor artístico, sino por su capacidad de conmover y evangelizar.



III. 1725: La llegada de la Virgen de las Maravillas

Cuando Cehegín recibe en 1725 una escultura salida del círculo del gran maestro napolitano Nicola Fumo —o de su taller tardío—, recibe mucho más que una obra de arte. Recibe el icono que terminará por definir su identidad religiosa durante trescientos años.

La documentación disponible² permite rastrear su llegada al convento franciscano de San Esteban, donde la presencia de obras napolitanas no era aislada debido a las estrechas relaciones de la orden con Italia. La imagen, concebida como Mater Dolorosa, muestra características propias del barroco tardío napolitano: modelado blando, serenidad contenida, belleza idealizada y un hondo dramatismo interior.

Su devoción se extiende con rapidez. Ya en el primer inventario de 1731, realizado con motivo de la inauguración del camarín y altar mayor³, queda claro que la Virgen no era solo “una imagen bella”, sino una presencia viva, generadora de limosnas, exvotos y ofrendas —especialmente las célebres alhajas de los inventarios de 1755 y 1771⁴.

La Virgen de las Maravillas se convirtió, en pocas décadas, en el corazón espiritual del Cehegín del siglo XVIII.

IV. Paralelamente: El Nazareno que nace de la Concepción

Mientras la Virgen de las Maravillas comienza a irradiar devoción desde el convento, en la ermita de la Concepción —punto neurálgico del culto popular ceheginero desde el siglo XVI— se gesta otro movimiento espiritual.

La primitiva cofradía de la Purísima, documentada desde finales del siglo XVII, evoluciona hacia un culto más centrado en la Pasión de Cristo, como era frecuente en España tras las reformas postridentinas. De ella brota de manera natural la devoción a Jesús Nazareno, que va tomando cuerpo en los años 1730-1740.

La fundación de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno en 1740⁵ no es un hecho aislado: responde a una corriente regional que también vivía la Murcia barroca (con Salzillo como máximo exponente) y que daba lugar a hermandades penitenciales donde la figura del Nazareno representaba el sufrimiento redentor más cercano al pueblo.

La iconografía nazarena ceheginera, marcada por tradición local y ecos estilísticos del barroco murciano, se inserta en este clima donde el Cristo camino del Calvario se convierte en espejo de la humanidad doliente.



V. Dos advocaciones hermanas: coincidencias y sintonías

Aunque sus historias no se cruzaron físicamente en el siglo XVIII, sí lo hicieron espiritualmente.

  1. Ambas nacen en la misma década: 1725–1740.

  2. Ambas responden a un mismo sentir barroco: el dramatismo dulce, la emotividad, el gesto de ofrecer.

  3. Ambas arraigan en espacios devocionales claves:

    • La Virgen en el convento franciscano.

    • El Nazareno en la ermita de la Concepción.

  4. Ambas generan cofradías activas y caritativas, con economías propias, inventarios y presencia en la vida pública.

  5. Ambas se convierten en referentes del calendario litúrgico, una en septiembre; el otro, en la Semana Santa.

La Virgen educa en la compasión; el Nazareno, en la costumbre del “acompañar a Cristo” en su caminar. Juntas, forman un díptico teológico perfecto: una muestra el dolor de la Madre, y el otro el sacrificio del Hijo.

Una intuición histórica

No es arriesgado afirmar que los cehegineros del XVIII, sin ser plenamente conscientes, vivieron estas dos devociones como complementarias: la Madre de las Maravillas desde su camarín dorado, el Nazareno desde su humilde ermita en lo alto. Dos miradas que se buscan sin encontrarse físicamente, pero que el pueblo visitaba con igual fervor.

VI. Tres siglos después: el reencuentro

El 2025, Año Jubilar de la Virgen de las Maravillas, ha traído un acontecimiento teológico y emocional que pocas veces ocurre: la unión explícita de estas dos devociones nacidas en el mismo tiempo y en el mismo espíritu.

Lo que entonces fue simultáneo, hoy se vuelve común.

El pueblo que acompaña al Nazareno por las calles empinadas de Cehegín en Semana Santa es el mismo que asciende al convento para postrarse ante la Virgen Coronada. Y ambos llevan como fondo la memoria de un Barroco que se niega a morir porque sigue dando sentido a la vida de la gente.

En el Jubileo, la Madre y el Hijo se abrazan simbólicamente, no desde la iconografía —como en los Pietà o en los Nazarenos sostenidos por sus madres— sino desde la historia:
Las dos devociones que marcaron el siglo XVIII se encuentran en el XXI como pilares espirituales de Cehegín.

VII. Reflexión final: Una historia que no termina

Mirar la historia conjunta del Nazareno y la Virgen de las Maravillas es mirar la historia de Cehegín. El pueblo que hace tres siglos supo acoger estos dos iconos, hoy los vuelve a poner en el centro porque sigue necesitando sus miradas: la mirada serena y doliente de la Madre y la mirada sufriente pero firme del Hijo.

Las dos advocaciones nacieron en un tiempo de renovación espiritual. Hoy, trescientos años después, llaman a una nueva renovación.
Porque un pueblo que recuerda su fe es un pueblo que se reencuentra consigo mismo.
Y Cehegín, cuando mira al Nazareno y a la Virgen, se reconoce.

Notas

  1. Archivo Parroquial de Santa María Magdalena (APSM), Libros de fábrica, s. XVII–XVIII.

  2. Sobre la llegada y autoría napolitana: J. A. García López, Escultura napolitana en el Reino de Murcia, Murcia, 2004.

  3. Archivo del Convento de San Esteban (ACSE), Inventario de 1731, fol. 12r–15v.

  4. Inventarios conventuales de 1755 y 1771, transcritos en M. López Pérez, “Alhajas y exvotos de la Virgen de las Maravillas”, Anales Cehegineros, 1999.

  5. Constitución de la Cofradía de N. P. Jesús Nazareno, 1740. Archivo Diocesano.

  6. Obras son amores. Manuel Ruiz Jiménez. 2025.

Bibliografía básica

  • García López, Juan Antonio. La escultura devocional napolitana en el Sureste español. Murcia, 2007.

  • Martínez Robles, J. Cofradías y Hermandades del Noroeste murciano. Murcia, 2012.

  • Sánchez Pravia, R. El Barroco en Murcia y sus devociones. Murcia, 1998.

  • VV. AA. Catálogo del patrimonio escultórico de Cehegín. Ayuntamiento de Cehegín, 2015.

  • Archivo Parroquial de Santa María Magdalena y municipal, Libros de fábrica y hermandades.

  • Archivo del Convento de San Esteban, fondos siglo XVIII.

  • Manuel Ruiz Jiménez. Obras son amores. 2025.