Vuelve a tu casa, Madre.
Bienvenida a la Virgen de las Maravillas en la parroquia de Santa María Magdalena
Ave María.
Madre de las Maravillas: no sabemos si son las campanas las que anuncian tu llegada o si es el corazón de todo un pueblo el que hoy repica con ellas. Hay días en los que la historia parece detener su curso para convertirse en eternidad; hay instantes en los que el tiempo deja de contar las horas porque sólo importa el encuentro. Hoy es uno de esos días. Hoy no viene únicamente una imagen, ni llega solamente una admirable obra salida de las manos inspiradas del escultor virtuoso. Hoy entra una Madre. Y cuando una madre llega a la casa de sus hijos, todo cambia. Hasta el aire parece distinto, las piedras hablan, los silencios rezan, las lágrimas dejan de avergonzarse y el alma descubre que hay nostalgias que sólo pueden curarse cuando vuelve aquello que nunca debió marcharse.
Bienvenida. Bienvenida a esta iglesia de Santa María Magdalena, templo antiguo que ha visto pasar generaciones enteras de cehegineros; templo que conoce el lenguaje de las campanas, el perfume del incienso y el rumor de las plegarias pronunciadas en voz baja por quienes jamás perdieron la esperanza. Cuántos ojos te contemplaron aquí; cuántas madres levantaron a sus hijos para que aprendieran desde pequeños el camino de tu mirada; cuántos ancianos apoyaron en estos bancos el peso de toda una vida mientras repetían lentamente el Avemaría; cuántos jóvenes buscaron respuestas delante de ti; cuántos enfermos encontraron consuelo y cuántos corazones rotos volvieron a latir porque descubrieron que una Madre nunca abandona. Todo eso permanece, porque la verdadera memoria no vive únicamente en los libros. Habita en los lugares, en las piedras, en la madera desgastada, en las columnas que escucharon oraciones hace siglos, en los muros que absorbieron lágrimas de alegría y de dolor y también en ese silencio tan profundo que sólo existe cuando Dios pasa cerca. Hoy este templo vuelve a reconocerte y quizá también tú reconoces cada rincón, porque las madres nunca olvidan el camino que conduce hasta sus hijos.
Vivimos tiempos extraños. Hemos aprendido a correr, pero hemos olvidado detenernos; sabemos comunicarnos con el mundo entero y, sin embargo, cada vez nos cuesta más hablar con quienes tenemos al lado. Construimos edificios más altos, pero demasiadas veces levantamos muros entre unos y otros. Tenemos más cosas, pero quizá menos paz; más ruido y menos silencio; más prisas y menos esperanza. Por eso tu llegada tiene hoy un significado todavía mayor, porque tú no vienes a traernos soluciones humanas, sino a recordarnos algo infinitamente más importante: que Dios sigue caminando con nosotros, que el Evangelio continúa siendo posible, que el amor todavía puede vencer al odio, que el perdón sigue siendo más fuerte que la venganza, que la fe continúa iluminando incluso las noches más oscuras y que jamás existe una herida tan profunda que Dios no pueda convertir en fuente de gracia.
Madre, tu rostro habla sin pronunciar una sola palabra. En él no encontramos el gesto triunfal de los poderosos, sino la serenidad de quien aceptó plenamente la voluntad de Dios, la dulzura de quien conoció el sufrimiento y la belleza serena de la esperanza. Tú sostienes al Niño, pero en realidad eres tú quien nos lo entrega, como si quisieras repetir eternamente aquellas palabras pronunciadas en Caná: «Haced lo que Él os diga». Toda tu vida consiste en señalar a Cristo. Nunca buscas que nos quedemos contemplándote únicamente a ti; siempre nos conduces hasta Él, y precisamente por eso eres tan grande, porque toda tu grandeza consiste en dejar que sea Dios quien brille.
Esta tarde no sólo entra la Patrona de un pueblo; entra también nuestra propia historia. Contigo regresan los nombres de quienes ya no están: nuestros padres, nuestros abuelos, aquellos que nos enseñaron a santiguarnos, quienes nos llevaron por primera vez a contemplarte, los que nos hablaron de tus maravillas y pronunciaban tu nombre con esa confianza sencilla que sólo poseen quienes creen de verdad. Ellos siguen caminando con nosotros, porque un pueblo nunca pierde a quienes lo amaron mientras conserve viva su memoria. Y hoy esa memoria tiene tu rostro.
Madre de las Maravillas, mira nuestras casas. Entra en ellas antes que nosotros. Si encuentras tristeza, siembra esperanza; si encuentras división, regala reconciliación; si encuentras enfermedad, concede fortaleza; si encuentras soledad, haz sentir la cercanía de Dios. Si encuentras jóvenes sin rumbo, enséñales que la verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en descubrir aquello para lo que uno ha sido creado. Protege a nuestros niños, sostén a nuestros mayores, consuela a quienes lloran, da descanso a quienes viven cansados y despierta la fe de quienes hace tiempo dejaron de mirar al cielo.
Decían los antiguos escritores espirituales que las madres reconocen a sus hijos incluso cuando éstos han cambiado con el paso de los años. También Cehegín ha cambiado. Han cambiado las calles, las costumbres, las generaciones y los ritmos de la vida. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: el lugar que ocupas en el corazón de este pueblo. Mientras exista un ceheginero que rece pronunciando tu nombre, mientras una vela siga consumiéndose delante de tu altar, mientras una campana anuncie tu fiesta, mientras una madre enseñe a un niño quién eres y mientras un anciano sonría al verte pasar, seguirás siendo el alma silenciosa de Cehegín, la memoria viva de nuestra historia, el refugio de nuestra esperanza y la Madre que jamás deja de esperar el regreso de sus hijos.
Por eso hoy no queremos decir únicamente «bienvenida». Queremos decirte algo mucho más profundo: vuelve a tu casa, Madre. Vuelve a caminar por nuestras calles, vuelve a llenar de esperanza nuestros hogares, vuelve a enseñarnos que la fe nunca envejece cuando se vive con amor y vuelve a recordarnos que Dios continúa haciendo maravillas allí donde encuentra un corazón dispuesto. Y cuando algún día termine también nuestro camino, cuando se apaguen nuestras voces y otros ocupen nuestro lugar, haz que ellos puedan recibirte con el mismo amor con que hoy lo hacemos nosotros, para que nunca se rompa esta hermosa cadena de fe que, desde hace siglos, une a los hijos con su Madre.
Entra ya. Las puertas de Santa María Magdalena están abiertas, pero mucho más abiertos están nuestros corazones. Bienvenida. Bienvenida para siempre. Que tu presencia renueve nuestra esperanza, fortalezca nuestra fe y nos conduzca siempre hasta tu Hijo. Y que Cehegín, bajo tu mirada maternal, siga siendo un pueblo que encuentre en el Evangelio la razón de su esperanza y en ti el consuelo de una Madre que nunca deja de acompañar a sus hijos.
¡Viva la Virgen de las Maravillas! ¡Viva la Madre de Dios! ¡Viva la Patrona de Cehegín!



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