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domingo, 19 de julio de 2026

 Vuelve a tu casa, Madre.


Bienvenida a la Virgen de las Maravillas en la parroquia de Santa María Magdalena


Ave María.



Madre de las Maravillas: no sabemos si son las campanas las que anuncian tu llegada o si es el corazón de todo un pueblo el que hoy repica con ellas. Hay días en los que la historia parece detener su curso para convertirse en eternidad; hay instantes en los que el tiempo deja de contar las horas porque sólo importa el encuentro. Hoy es uno de esos días. Hoy no viene únicamente una imagen, ni llega solamente una admirable obra salida de las manos inspiradas del escultor virtuoso. Hoy entra una Madre. Y cuando una madre llega a la casa de sus hijos, todo cambia. Hasta el aire parece distinto, las piedras hablan, los silencios rezan, las lágrimas dejan de avergonzarse y el alma descubre que hay nostalgias que sólo pueden curarse cuando vuelve aquello que nunca debió marcharse.


Bienvenida. Bienvenida a esta iglesia de Santa María Magdalena, templo antiguo que ha visto pasar generaciones enteras de cehegineros; templo que conoce el lenguaje de las campanas, el perfume del incienso y el rumor de las plegarias pronunciadas en voz baja por quienes jamás perdieron la esperanza. Cuántos ojos te contemplaron aquí; cuántas madres levantaron a sus hijos para que aprendieran desde pequeños el camino de tu mirada; cuántos ancianos apoyaron en estos bancos el peso de toda una vida mientras repetían lentamente el Avemaría; cuántos jóvenes buscaron respuestas delante de ti; cuántos enfermos encontraron consuelo y cuántos corazones rotos volvieron a latir porque descubrieron que una Madre nunca abandona. Todo eso permanece, porque la verdadera memoria no vive únicamente en los libros. Habita en los lugares, en las piedras, en la madera desgastada, en las columnas que escucharon oraciones hace siglos, en los muros que absorbieron lágrimas de alegría y de dolor y también en ese silencio tan profundo que sólo existe cuando Dios pasa cerca. Hoy este templo vuelve a reconocerte y quizá también tú reconoces cada rincón, porque las madres nunca olvidan el camino que conduce hasta sus hijos.


Vivimos tiempos extraños. Hemos aprendido a correr, pero hemos olvidado detenernos; sabemos comunicarnos con el mundo entero y, sin embargo, cada vez nos cuesta más hablar con quienes tenemos al lado. Construimos edificios más altos, pero demasiadas veces levantamos muros entre unos y otros. Tenemos más cosas, pero quizá menos paz; más ruido y menos silencio; más prisas y menos esperanza. Por eso tu llegada tiene hoy un significado todavía mayor, porque tú no vienes a traernos soluciones humanas, sino a recordarnos algo infinitamente más importante: que Dios sigue caminando con nosotros, que el Evangelio continúa siendo posible, que el amor todavía puede vencer al odio, que el perdón sigue siendo más fuerte que la venganza, que la fe continúa iluminando incluso las noches más oscuras y que jamás existe una herida tan profunda que Dios no pueda convertir en fuente de gracia.


Madre, tu rostro habla sin pronunciar una sola palabra. En él no encontramos el gesto triunfal de los poderosos, sino la serenidad de quien aceptó plenamente la voluntad de Dios, la dulzura de quien conoció el sufrimiento y la belleza serena de la esperanza. Tú sostienes al Niño, pero en realidad eres tú quien nos lo entrega, como si quisieras repetir eternamente aquellas palabras pronunciadas en Caná: «Haced lo que Él os diga». Toda tu vida consiste en señalar a Cristo. Nunca buscas que nos quedemos contemplándote únicamente a ti; siempre nos conduces hasta Él, y precisamente por eso eres tan grande, porque toda tu grandeza consiste en dejar que sea Dios quien brille.


Esta tarde no sólo entra la Patrona de un pueblo; entra también nuestra propia historia. Contigo regresan los nombres de quienes ya no están: nuestros padres, nuestros abuelos, aquellos que nos enseñaron a santiguarnos, quienes nos llevaron por primera vez a contemplarte, los que nos hablaron de tus maravillas y pronunciaban tu nombre con esa confianza sencilla que sólo poseen quienes creen de verdad. Ellos siguen caminando con nosotros, porque un pueblo nunca pierde a quienes lo amaron mientras conserve viva su memoria. Y hoy esa memoria tiene tu rostro.


Madre de las Maravillas, mira nuestras casas. Entra en ellas antes que nosotros. Si encuentras tristeza, siembra esperanza; si encuentras división, regala reconciliación; si encuentras enfermedad, concede fortaleza; si encuentras soledad, haz sentir la cercanía de Dios. Si encuentras jóvenes sin rumbo, enséñales que la verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en descubrir aquello para lo que uno ha sido creado. Protege a nuestros niños, sostén a nuestros mayores, consuela a quienes lloran, da descanso a quienes viven cansados y despierta la fe de quienes hace tiempo dejaron de mirar al cielo.


Decían los antiguos escritores espirituales que las madres reconocen a sus hijos incluso cuando éstos han cambiado con el paso de los años. También Cehegín ha cambiado. Han cambiado las calles, las costumbres, las generaciones y los ritmos de la vida. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: el lugar que ocupas en el corazón de este pueblo. Mientras exista un ceheginero que rece pronunciando tu nombre, mientras una vela siga consumiéndose delante de tu altar, mientras una campana anuncie tu fiesta, mientras una madre enseñe a un niño quién eres y mientras un anciano sonría al verte pasar, seguirás siendo el alma silenciosa de Cehegín, la memoria viva de nuestra historia, el refugio de nuestra esperanza y la Madre que jamás deja de esperar el regreso de sus hijos.


Por eso hoy no queremos decir únicamente «bienvenida». Queremos decirte algo mucho más profundo: vuelve a tu casa, Madre. Vuelve a caminar por nuestras calles, vuelve a llenar de esperanza nuestros hogares, vuelve a enseñarnos que la fe nunca envejece cuando se vive con amor y vuelve a recordarnos que Dios continúa haciendo maravillas allí donde encuentra un corazón dispuesto. Y cuando algún día termine también nuestro camino, cuando se apaguen nuestras voces y otros ocupen nuestro lugar, haz que ellos puedan recibirte con el mismo amor con que hoy lo hacemos nosotros, para que nunca se rompa esta hermosa cadena de fe que, desde hace siglos, une a los hijos con su Madre.


Entra ya. Las puertas de Santa María Magdalena están abiertas, pero mucho más abiertos están nuestros corazones. Bienvenida. Bienvenida para siempre. Que tu presencia renueve nuestra esperanza, fortalezca nuestra fe y nos conduzca siempre hasta tu Hijo. Y que Cehegín, bajo tu mirada maternal, siga siendo un pueblo que encuentre en el Evangelio la razón de su esperanza y en ti el consuelo de una Madre que nunca deja de acompañar a sus hijos.


¡Viva la Virgen de las Maravillas! ¡Viva la Madre de Dios! ¡Viva la Patrona de Cehegín!

lunes, 29 de junio de 2026

 Reflejos

PERSPECTIVAS DE NUESTRO CASCO ANTIGUO. EL CEHEGÍN DE SIEMPRE.

De lo que fue Cehegín, en el ahora...




«Los tejados cambiaron de manos, las ventanas de miradas y las calles de generaciones; pero el corazón de Cehegín continúa latiendo bajo las mismas piedras.»

Hay fotografías que documentan un lugar y otras que consiguen detener el tiempo. Estas dos imágenes pertenecen a la segunda categoría. Separadas por varias décadas, no sólo muestran la evolución del casco antiguo de Cehegín; nos invitan a contemplar cómo el tiempo transforma las cosas sin lograr alterar su esencia. Son dos miradas dirigidas hacia un mismo paisaje, dos instantes alejados entre sí por los años y, sin embargo, unidos por una misma identidad.

A primera vista, el lector descubre un entramado de tejados superpuestos que descienden suavemente por la ladera, como si cada vivienda hubiera encontrado su lugar siguiendo el pulso natural de la montaña. Es una arquitectura nacida de la necesidad, del ingenio y del esfuerzo acumulado de generaciones enteras. No responde a la rigidez de un plano, sino a la lógica pausada con la que los pueblos van escribiendo su propia historia. Cada casa parece apoyarse en la anterior, cada cubierta dialoga con la siguiente y todas juntas forman un paisaje urbano que sólo puede comprenderse como un todo. El casco antiguo de Cehegín no es la suma de sus edificios; es la armonía que nace entre ellos.

Sobre ese océano de piedra y teja destacan dos siluetas que, ayer como hoy, continúan orientando la mirada y la memoria. La ermita de la Purísima Concepción se eleva con la serenidad de quien ha contemplado el paso de los siglos sin perder nunca su lugar en el horizonte. Sus campanas han acompañado la vida cotidiana de generaciones de cehegineros, marcando las horas del trabajo, de la fiesta, de la oración y del descanso. A su lado, el antiguo palacete del Duque de Ahumada recuerda el esplendor de una villa que fue creciendo entre el empuje de sus gentes y el legado de quienes dejaron en ella una huella arquitectónica de extraordinario valor. Ambos edificios siguen ejerciendo como hitos de un paisaje donde lo monumental convive con la sencillez de las viviendas populares, componiendo una imagen inseparable de la identidad de Cehegín.

Sin embargo, quizá lo más emocionante de estas fotografías no sean sus edificios más reconocibles, sino aquello que pasa casi inadvertido. Las fachadas encaladas, las pequeñas ventanas abiertas a la luz, los balcones que durante décadas contemplaron la vida de la calle, las chimeneas que anunciaban un hogar encendido y los tejados de teja árabe, desgastados por la lluvia, el viento y el sol, son los verdaderos protagonistas de esta escena. Cada uno guarda una historia que nunca aparecerá en los archivos ni en las crónicas oficiales. Tras esos muros hubo familias que comenzaron el día con el sonido de las campanas, niños que jugaron en las calles empedradas, mujeres que conversaban sentadas a la puerta de sus casas durante las tardes de verano y vecinos que hicieron de este lugar mucho más que un conjunto de viviendas: hicieron de él una comunidad.

Resulta inevitable dirigir también la mirada hacia el horizonte que se abre tras el caserío. Aunque el río Argos apenas se insinúe desde esta perspectiva, toda la composición parece orientarse hacia su ribera, como si las casas buscaran desde siempre ese diálogo silencioso con el valle que dio sentido al nacimiento y crecimiento de la ciudad. El paisaje urbano y el paisaje natural se necesitan mutuamente. No puede comprenderse el Cehegín histórico sin la presencia constante del Argos, del mismo modo que el río tampoco puede desligarse de las siluetas que durante siglos han acompañado su curso.

Cuando ambas fotografías se contemplan juntas, el tiempo deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en una experiencia visible. Cambian las cubiertas, aparecen nuevos balcones, desaparecen algunos volúmenes, se transforman las fachadas y evolucionan las formas de habitar las mismas casas. Son cambios naturales, propios de un pueblo que continúa vivo. Pero hay algo que permanece inalterable y que escapa a cualquier reforma o restauración: el alma del paisaje. Esa continuidad es, quizá, el mayor patrimonio de Cehegín. Porque conservar no significa inmovilizar el tiempo, sino permitir que cada generación escriba su capítulo sin borrar las páginas anteriores.

Esa es también la razón de ser de REFLEJOS. Este proyecto no nació para mostrar únicamente cuánto ha cambiado un rincón de nuestro pueblo, sino para descubrir todo aquello que el paso de los años ha respetado. Frente a estas dos imágenes comprendemos que el verdadero protagonista no es el antes ni el ahora, sino el hilo invisible que los une. Un hilo tejido con la memoria de quienes levantaron estas casas, de quienes las habitaron y de quienes hoy siguen encontrando en ellas un motivo para sentirse parte de una historia mucho más grande que ellos mismos.

Quizá por eso esta perspectiva emociona tanto. Porque no observamos únicamente un conjunto de edificios. Observamos un paisaje construido por la vida. Cada tejado es el reflejo de un hogar; cada ventana, la mirada de una familia; cada fachada, el testimonio silencioso de quienes dejaron aquí una parte de su existencia. Todo parece recordarnos que los pueblos no se definen sólo por la belleza de sus monumentos, sino por la memoria que son capaces de conservar entre sus piedras.

Al contemplar estas dos fotografías comprendemos que el casco antiguo de Cehegín ha sabido transformarse sin renunciar a su identidad. Ha cambiado lo suficiente para seguir viviendo y ha permanecido lo suficiente para seguir siendo reconocido. En esa delicada armonía entre permanencia y cambio reside su verdadera grandeza. Porque hay ciudades que crecen olvidando su pasado, mientras que otras, como Cehegín, avanzan llevando consigo la memoria de quienes las hicieron posibles.

Y tal vez sea ése el reflejo más hermoso que nos ofrece esta doble imagen: la certeza de que el tiempo puede modificar las formas, pero nunca el alma de un lugar cuando existe un pueblo dispuesto a conservarla con orgullo, a contemplarla con respeto y a transmitirla, generación tras generación, como el legado más valioso de todos.

jueves, 2 de abril de 2026

El silencio que sostiene la cruz. Donde el dolor calla y Dios camina: la verdad íntima de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín.

 Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín no es únicamente una imagen procesional ni un hito patrimonial de la Semana Santa local. Es, ante todo, una presencia. Una presencia que pesa, que acompaña y que mira. Su figura, detenida en el instante del camino hacia el Calvario, no grita el dolor: lo asume. Y en ese asumir sereno, contenido y hondo, se produce el milagro devocional: quien se acerca a Él no se siente juzgado, sino comprendido.



Desde el punto de vista teológico, el Nazareno encarna de manera radical el misterio de la kénosis, del anonadamiento voluntario de Dios. Cristo no aparece aquí triunfante ni glorioso, sino cargado con el peso del madero, inclinado hacia delante, sometido a la ley de la gravedad y del sufrimiento humano. Es el Dios que ha aceptado caminar como caminan los hombres: despacio, con fatiga, con dudas, con miedo, pero sin renunciar jamás al amor. Por eso, cuando te arrodillas ante Él, no hablas con un Dios lejano, sino con un Dios que ya ha pasado por tu misma noche.

Iconográficamente, la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín condensa una espiritualidad muy concreta: la del Cristo que avanza, aunque todo pese. El cuerpo inclinado, la zancada contenida, el gesto recogido del rostro, la mirada baja o levemente alzada —nunca desafiante—, hablan de una obediencia interior que no es sumisión ciega, sino aceptación consciente del sacrificio. La cruz no es aquí un mero atributo: es una prolongación del cuerpo, casi una extensión del alma. Y esa fusión entre Cristo y la cruz es, quizá, lo que más interpela al devoto: Él no huye del peso que le ha tocado, como tú no huyes del tuyo cuando acudes a Él.



Pero hay algo aún más poderoso que la forma o el gesto: el silencio de la imagen. Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín no necesita palabras. Su silencio es el espacio donde tú colocas tus anhelos, tus plegarias, tus ilusiones y, sobre todo, tus pensamientos más íntimos de esperanza. Él escucha sin interrumpir, sin corregir, sin apresurar. En los momentos más aciagos de tu vida, cuando el lenguaje se rompe y ya no sabes cómo pedir, el Nazareno se convierte en oración por ti. Basta mirarlo para entender que no estás solo en el camino.

Y sin embargo, esa imagen que hoy contemplas —modelada en 1941 en un contexto histórico especialmente herido, donde la imaginería religiosa buscaba devolver a los pueblos sus referentes espirituales— guarda en su propia materia una verdad más callada, casi secreta, que solo ha salido a la luz en su restauración reciente. En ese proceso, al estudiar con detenimiento la policromía original de la escultura, se constató un hecho revelador: no existían restos de sangre en su concepción primera. Ni en el rostro, ni en las manos, ni en las llagas. El Cristo fue concebido, desde su origen, sin ese dramatismo explícito que hoy asociamos de forma casi inmediata a la Pasión.



Este dato, lejos de restarle fuerza, abre una vía de interpretación profundamente sugerente. La autoría de la imagen —atribuida con verosimilitud, aunque no de forma definitiva, al escultor Nicolás Prados López— nos sitúa en una sensibilidad artística donde el dolor no necesita subrayarse con recursos efectistas. Si aceptamos esta hipótesis, estaríamos ante un autor que opta deliberadamente por un Cristo más interiorizado, más contenido, en el que el sufrimiento no se exhibe, sino que se habita.

Nicolás Prados López 


Quizá la ausencia de sangre responde a una intención estética y teológica muy concreta: evitar que la mirada del fiel se detenga en la crudeza de la herida para conducirla hacia el misterio más profundo del sacrificio. La sangre conmueve, pero también puede distraer. En cambio, la serenidad doliente de este Nazareno obliga a una contemplación más lenta, más introspectiva. No hay nada que “impacte” de forma inmediata, y precisamente por eso todo cala con mayor hondura.



No es difícil imaginar que el escultor —sea definitivamente Nicolás Prado u otro artista de su órbita— quiso representar no tanto el cuerpo lacerado como el alma que acepta. Un Cristo que no necesita mostrar la violencia sufrida porque su verdadero drama no está en la carne desgarrada, sino en la entrega consciente. En ese sentido, la imagen se acerca más a una teología del silencio que a una estética del sufrimiento visible. Es el Cristo que camina hacia la cruz no como víctima pasiva, sino como quien abraza su destino desde dentro.


También cabe la posibilidad de que esta concepción responda a un momento histórico concreto. En la España de posguerra, la reconstrucción de las imágenes devocionales no siempre buscó la exacerbación del dolor, sino, en muchos casos, la recuperación de una espiritualidad más serena, más recogida, casi consoladora. Un Cristo excesivamente sangrante podría haber resultado insoportable para una sociedad ya profundamente herida. Este Nazareno, en cambio, ofrece otra cosa: no añade más dolor al dolor, sino que lo acoge y lo transforma en camino.



Con el paso del tiempo, sin embargo, la religiosidad popular —viva, cambiante, profundamente emocional— pudo haber sentido la necesidad de intensificar los signos visibles de la Pasión. Y así, la imagen fue incorporando elementos pictóricos que subrayaban las heridas, la sangre, el sufrimiento físico, en un intento de hacer más inmediata la identificación del fiel con el dolor de Cristo. No como una traición a su origen, sino como una capa más de devoción, como una lectura añadida por generaciones que encontraron en ese dramatismo una vía legítima de encuentro.



Pero saber hoy, gracias a la restauración reciente, que en su origen Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín fue concebido sin sangre, transforma la mirada. Nos obliga a ir más allá de lo evidente. A descubrir que el dolor más profundo no siempre es el más visible. Que la entrega más radical no necesita ser mostrada, porque ya está inscrita en la actitud, en el gesto, en la inclinación del cuerpo, en el silencio que lo envuelve todo.



Y desde lo más íntimo, este conocimiento no te aleja de Él, sino que te acerca aún más. Porque quizá ese Cristo original, limpio de dramatismos añadidos, se parece más a tus propios silencios. A ese dolor que no siempre sabes expresar, a esas heridas que no sangran hacia fuera pero que pesan por dentro. Él no invade tu sufrimiento con estridencias. No lo exagera. No lo convierte en espectáculo. Simplemente lo comprende.



Así, la imagen que hoy veneras se convierte en un diálogo entre dos tiempos: el de su creación en 1941, con una intención estética y espiritual concreta, y el de la devoción acumulada de los fieles que, con el paso de los años, han ido proyectando en Él su manera de sentir el dolor y la esperanza. Entre un Cristo sereno y un Cristo doliente. Entre un silencio original y una expresividad sobrevenida. Y en medio de ambos estás tú, con tu mirada, con tu fe, con tu necesidad de encontrar en Él consuelo y sentido.



Porque, en el fondo, nada de esto cambia lo esencial. Con sangre o sin ella, con mayor o menor dramatismo, Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín sigue siendo para ti lo mismo: el que no te quita la cruz, pero la comparte. El que no siempre responde, pero siempre escucha. El que no evita el camino, pero lo recorre contigo.

Y quizá ahora, al saber cómo fue concebido en su origen, lo sientas aún más cerca. Más humano. Más profundo. Más tuyo.

domingo, 14 de diciembre de 2025

 

Reflejos

De lo que fue Cehegín, en el ahora...

 Gentes y lugares

Una mirada al alma de Cehegín

Hay pueblos cuya esencia no se mide en calles ni en piedras, sino en la huella silenciosa que deja su gente al pasar. Cehegín es uno de ellos. Su casco antiguo, extendido entre cuestas, plazas y miradores, respira una memoria que no pertenece solo al pasado, sino que continúa viviendo en cada gesto cotidiano, en cada portón abierto al amanecer, en cada sombra que cruza la calle Mayor cuando baja la tarde.

Plaza del Castillo



Reflejos nace de esa certeza: la de que el tiempo no se pierde, sino que se transforma, de que un pueblo no se entiende sin su gente, y que su gente no puede entenderse sin los lugares que les dieron forma.Los lugares que recorremos hoy —el Casino, la Estafeta, la Plaza del Castillo, las callejuelas que suben hacia la Magdalena— han sido escenario de cientos de vidas, risas, silencios, despedidas y regresos. Y en cada uno de ellos permanece algo de quienes los habitaron. Sus pasos resuenan todavía, como un murmullo suave que acompaña al caminante atento.

Este proyecto no es solo un ejercicio fotográfico ni un juego comparativo entre ayer y hoy: es un gesto de respeto. Es una invitación a mirar con nuevos ojos aquello que siempre estuvo ahí. Es volver a contemplar los dinteles gastados, los balcones cargados de macetas, los azulejos que han visto pasar generaciones, y comprender que detrás de cada imagen antigua hay una historia de vida; detrás de cada fotografía actual, una continuidad que se mantiene.

Casino de Cehegín, en primer plano
mi abuelo 
Manuel Ruiz Pérez



A través de una mirada volvemos nuestros ojos  hacia atrás para comprender el ahora, y mira al ahora para honrar el ayer. A través de imágenes que se superponen —las antiguas, cargadas de vida, y las actuales, plenas de silencio y persistencia— surge un diálogo entre dos tiempos que no compiten, sino que se abrazan. Cada fotografía es una ventana abierta: un espacio donde pasado y presente se reconocen en la misma luz, en la misma esquina, en la misma baldosa.

Los lugares, a su vez, han aprendido a guardar memoria. Las fachadas conservan gestos; los balcones retienen ecos; las plazas respiran vidas que ya no están, pero que tampoco se han ido del todo. Hay algo profundamente humano en la permanencia del espacio: en cómo las casas vigilan, en cómo las escaleras guardan las prisas, en cómo el aire parece recordar el olor de otro tiempo.

Calle Mesón Viejo



Porque Reflejos es, ante todo, un homenaje.
Un homenaje a las mujeres que se asomaban a los balcones para ver pasar las fiestas; a los niños que corrían con un triciclo por la Estafeta; a los hombres que compartían confidencias en los salones del Casino; a las familias que llenaban las casas del casco antiguo de olor a comida, de voces, de música, de vida. Es también un homenaje a quienes hoy siguen habitando estos lugares, manteniendo viva una forma de estar en el mundo que es ya parte del patrimonio emocional de Cehegín.

Plaza Vieja


Aquí, pasado y presente se miran sin estridencias, con una complicidad tranquila.
Las calles que un día fueron bulliciosas hoy guardan ecos que solo se revelan a quien sabe caminar despacio. Las fachadas, como rostros antiguos, conservan las arrugas del tiempo que les da belleza y verdad. Y las fotografías —las antiguas y las actuales— se convierten en un puente: uniendo generaciones, devolviendo dignidad a lo vivido, recordándonos que somos, también, herederos de quienes nos precedieron.

Aquí, en estas imágenes que se encuentran, Cehegín se mira en dos espejos: en el de lo que fue y en el de lo que es. Y en ese juego de luces, sombras y vidas, descubrimos que nada se ha perdido del todo; simplemente ha cambiado de forma, como cambia la luz al girar una esquina.

Plaza del Mesoncico


Reflejos, gentes y lugares es, así, una manera de agradecer. De reconocer que Cehegín es más que un lugar: es una memoria compartida. Un territorio donde cada piedra guarda una confidencia, donde cada esquina es un capítulo de la historia íntima del pueblo. Mirar estas imágenes, detenerse en ellas, comparar lo que fue y lo que es, es un acto de cariño hacia la identidad profunda de este rincón del mundo.

Cuesta Moreno


Por eso Reflejos es más que un proyecto fotográfico.

Es un acto de escucha hacia lo que permanece.

Es un homenaje silencioso a quienes hicieron del casco antiguo un hogar compartido y a quienes aún hoy lo mantienen vivo con su presencia, su cuidado y su identidad.

Que este proyecto sirva, entonces, como puerta abierta.

Como mapa emocional.

Como espejo donde se encuentren quienes fueron, quienes somos y quienes seremos.

Porque en Cehegín, cada persona y cada lugar son reflejos de una misma luz antigua que aún nos acompaña.

Que estas páginas inviten a mirar con más calma, a reconocer lo que aún late bajo cada piedra, a honrar a quienes caminaron antes y a quienes seguirán caminando después.

Porque Reflejos, gentes y lugares es, al fin y al cabo, una forma de decir:
“Aquí estuvimos, aquí estamos, y aquí seguimos siendo.”

lunes, 22 de julio de 2013

Estampas del pasado


En el casino
Años 50
Largas y amenas las tardes del casino, 
conversaciones, cafés, dominó, ...



Estampas del pasado


Por la calle Mayor
Años 40

Tres mujeres caminan por la calle Mayor
en dirección al Mesoncico, a la altura de
la calle de Doña Gabina, actual calle Picaso.


Inauguramos un nuevo apartado en este espacio para el recuerdo.

ESTAMPAS DEL PASADO
Durante cientos de años, han sido miles las personas que han nacido, vivido y muerto en este pueblo. Otros muchos tuvieron que marchar a otras partes llevando consigo muchos recuerdos y dejando atrás familia y amigos. Todos ellos han contribuido y lo siguen haciendo a hacer de esta tierra lo que es hoy, y todos merecen que esos recuerdos no se pierdan y permanezcan siempre presentes. Esa es la idea fundamental con la que inauguramos este nuevo apartado, en el que a través de imágenes cotidianas del Cehegín de otros tiempos podremos comprobar que  nuestro pueblo continua, en esencia, siendo el mismo.