Hay mañanas en Cehegín que no pertenecen al tiempo ordinario, sino a una dimensión más honda, casi suspendida, en la que la historia, la fe y la emoción colectiva laten al unísono. La mañana de Viernes Santo es, sin duda, una de ellas. Y en ese instante preciso en que el sol apenas roza los tejados antiguos, cuando la luz se derrama tímida por las callejas empinadas del casco antiguo, todo parece preparado para el paso solemne y sobrecogedor de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
El Nazareno no es solo una imagen; es presencia viva, memoria encarnada de un pueblo que ha crecido a su sombra. Desde la recogida intimidad de la Ermita de la Purísima Concepción, donde la devoción se ha sedimentado durante siglos, emerge cada año para reencontrarse con sus calles, con su gente, con su historia. Ese templo, humilde y profundo, ha sido testigo de plegarias silenciosas, de promesas susurradas y de generaciones que han depositado en Él sus esperanzas y sus desvelos.
Cuando las puertas se abren, el aire parece contener la respiración. Y entonces, en medio de un silencio expectante, comienza a desplegarse el drama sagrado. La imagen —tallada en 1941, en un contexto de reconstrucción material y espiritual, y vinculada en su autoría al ambiente de Nicolás Prados— avanza con la solemnidad de quien no necesita imponerse, porque su autoridad nace del dolor asumido y del amor ofrecido. Es el Cristo que camina, el que carga con la cruz no solo como instrumento de martirio, sino como símbolo del peso de la humanidad entera.
Las calles del casco antiguo, pinas y angostas, parecen haber sido trazadas para este momento. No son meros espacios urbanos, sino cauces por los que discurre la emoción colectiva. Las casas solariegas, con sus fachadas cargadas de historia, se convierten en balcones de contemplación. Desde ellos, las gentes —familias enteras, generaciones superpuestas— se asoman con respeto y devoción. Los balcones engalanados, cubiertos con colgaduras y mantones, crean un marco solemne, casi teatral, donde lo cotidiano se transfigura en rito.
Y entonces suenan los primeros acordes.
La Banda de Música de Cehegín irrumpe con esa fuerza contenida que no rompe el silencio, sino que lo eleva. Sus sones no son mera música: son eco de aquellos antiguos “coros”, como se denominaban a esas pequeñas agrupaciones musicales que, en la primera mitad del siglo XX, llenaban la mañana de Viernes Santo con melodías que competían entre sí en belleza, en sentimiento, en capacidad de conmover. Hoy, la banda recoge ese legado y lo proyecta hacia el presente, convirtiéndose en hilo conductor entre generaciones.
Cada nota parece acompasar el paso del Nazareno. Cada redoble de tambor resuena en el pecho de quienes lo contemplan. Y en ese diálogo entre imagen, música y espacio, el tiempo se pliega: pasado y presente se abrazan en una misma experiencia.
El Nazareno es, en este sentido, el Señor del casco antiguo. No por dominio, sino por pertenencia. Su presencia ha modelado la identidad de este entramado urbano y humano. La cofradía que lo custodia —heredera de una tradición profunda, arraigada en siglos de fe y de organización comunitaria— no es solo una institución, sino una familia extendida que ha sabido transmitir, de generación en generación, el sentido de esta devoción.
La procesión no es un simple recorrido: es una narración viva. Cada esquina guarda un recuerdo; cada tramo del camino está impregnado de significados acumulados. Hay lugares donde el silencio se hace más denso, donde las miradas se humedecen, donde el paso se ralentiza como si el propio Cristo quisiera detenerse un instante más entre los suyos.
Y es que en esa mañana no hay espectadores: todos son partícipes. El que mira desde el balcón, el que camina tras el trono, el músico que interpreta, el niño que observa por primera vez con asombro… todos forman parte de un mismo cuerpo devocional.
En el rostro del Nazareno —sereno, contenido, profundamente humano— se refleja ese misterio que ha cautivado a generaciones: el de un dolor que no desespera, el de una entrega que no se impone, el de una mirada que parece atravesar los siglos para encontrarse con cada uno de los presentes.
Cuando la procesión avanza por esas calles que se retuercen en pendiente, casi como si quisieran imitar el ascenso al Calvario, se produce una identificación profunda entre el espacio y el mensaje. Cehegín no es solo escenario: es parte del relato. Sus piedras, sus muros, sus rincones, participan de ese drama litúrgico que se renueva cada año.
Y así, entre el murmullo contenido, el perfume de la mañana y el eco de la música, Nuestro Padre Jesús Nazareno continúa su caminar. Un caminar que no termina en el recorrido físico, sino que se prolonga en la memoria de quienes lo han vivido, en la emoción que permanece, en la certeza íntima de haber participado en algo que trasciende lo visible.
Porque en la mañana de Viernes Santo en Cehegín, no es solo una imagen la que pasa: es la historia de un pueblo la que se pone en movimiento, es la fe la que se hace carne, es el tiempo el que, por unas horas, se arrodilla ante el paso lento y majestuoso del Nazareno.
Y en medio de esa mañana detenida, donde cada instante parece cargado de eternidad, hay también presencias que aún están, que se sienten con una intensidad casi palpable. Entre ellas, la de aquel que durante tantos años sostuvo con sus manos, con su fe y con su vida entera el peso invisible de la devoción: el antiguo presidente de la cofradía, “el Moreno”.
Su figura, hoy evocada en la memoria colectiva, parece asomarse discretamente a la puerta de la casa de su hija con balcones engalanados, en la Cuesta Moreno. No necesita nombre completo para ser reconocido, porque en el corazón de los cofrades su apodo encierra toda una vida de entrega. Él, que tantas veces caminó tras Nuestro Padre Jesús Nazareno, que tantas madrugadas y mañanas de Viernes Santo vivió desde dentro, hoy parece contemplar la procesión desde ese lugar donde los recuerdos y la eternidad se entrelazan.
Sus ojos —los de la memoria— vuelven a recorrer cada tramo del itinerario como quien repasa una vida entera. Cada esquina le devuelve una escena: una orden susurrada entre nervios, un ajuste de última hora, el sonido cercano de la Banda de Música de Cehegín marcando el paso, el peso compartido del trono, el latido colectivo de la cofradía. Todo ello revive en una especie de presente continuo, donde el tiempo ya no avanza, sino que se recoge sobre sí mismo.
“El Moreno” no mira la procesión como un espectador más. La contempla desde dentro, porque su vida quedó entretejida con ella. Cada paso del Nazareno es también un eco de sus propios pasos; cada mirada al Cristo es un diálogo antiguo, repetido año tras año en la intimidad de quien no solo organiza, sino que cree profundamente.
Y ahora, en esta mañana que parece más clara y más honda que nunca, su presencia se intuye cercana al Nazareno. No como quien observa desde lejos, sino como quien ha sido llamado a caminar a su lado de una manera distinta. Ya no necesita abrir paso ni coordinar filas; ahora su lugar está en ese silencio pleno donde la devoción alcanza su forma más pura.
Hay algo profundamente conmovedor en imaginarlo así: reencontrándose con el Señor al que sirvió durante tantos años, sin prisas, sin ruido, sin el peso de las responsabilidades terrenas. Solo él y el Nazareno. Solo la memoria hecha presencia.
Y mientras la procesión avanza por las calles estrechas y vivas del casco antiguo, entre balcones que guardan historias y músicas que despiertan emociones antiguas, su recuerdo se suma al de tantos otros que hicieron posible que hoy todo siga teniendo sentido. Porque la cofradía no es solo la suma de los que están, sino también de los que fueron, de los que entregaron su tiempo y su vida para que el Nazareno siguiera caminando por Cehegín cada mañana de Viernes Santo.
Así, en ese cruce invisible entre el cielo y la tierra, entre la memoria y el presente, “el Moreno” sigue procesionando. No se ha ido del todo. Permanece en cada gesto aprendido, en cada tradición mantenida, en cada emoción compartida. Y, sobre todo, permanece junto a su Nazareno, al que nunca dejó de mirar, al que nunca dejó de seguir.
















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