viernes, 31 de octubre de 2025

 

Obras son amores…

La bandeja y la corona de la Virgen de las Maravillas**

“Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.”
(Evangelio según San Mateo 6, 21)

Hay objetos que no se comprenden solo por lo que son, sino por lo que significan.

La bandeja de plata y la corona imperial de la Virgen de las Maravillas pertenecen a esa estirpe de cosas que sobrepasan su propia materia: relucen, sí, pero su resplandor no es solo de metal. En ellas, el tiempo ha depositado su temblor y la fe de un pueblo ha dejado su huella indeleble.

Cuando en 1925, en aquel radiante 10 de septiembre, la imagen fue coronada solemnemente, la corona reposó sobre esa bandeja como un sol que espera el amanecer. Las manos que la sostuvieron —probablemente sacerdotes y devotos del pueblo— no eran conscientes de estar tocando una historia que seguiría viva un siglo después. Cada relieve, cada filigrana cincelada por el platero B. López, parecía contener una plegaria callada: la fe hecha forma, el amor convertido en obra.

El lema que hoy recorre tus estudios, “Obras son amores…”, podría haber estado grabado en el reverso de aquella bandeja. Porque nada define mejor su sentido: el arte sacro no es vanidad, ni adorno, ni lujo; es amor traducido en metal. Es la ternura que se ofrece a Dios a través de la belleza.
La bandeja no sirve solo para portar la corona, sino para sostener un acto de entrega, para elevar lo humano a lo divino, como si el metal quisiera devolver a los cielos el brillo que de ellos recibió.

Cien años después, cuando la corona volvió a descansar sobre esa misma bandeja durante la conmemoración de la Coronación Pontificia, Cehegín revivió un gesto antiguo: el del amor que no se gasta, el del pueblo que recuerda y honra su propia historia a través de las obras que creó para su Virgen. En ese instante, el tiempo se plegó sobre sí mismo: la bandeja ya no era un objeto, sino un espejo donde el ayer y el hoy se reflejaban mutuamente.

Cada golpe de cincel, cada curva del metal, cada reflejo sobre su superficie es un acto de fe, un “te quiero” convertido en oficio, un “gracias” de plata. El platero que la labró —B. López— probablemente no supo que su trabajo sería tocado por generaciones, que su arte se haría oración en cada procesión y que, un siglo más tarde, volvería a servir a la misma Reina. Pero eso es precisamente lo que hacen las obras que nacen del amor: perduran, sin saberlo, más allá de quienes las hicieron.

La corona, por su parte, no es solo una joya: es una metáfora del alma del pueblo. Los rayos, las estrellas, las flores que la decoran son los nombres de quienes ofrecieron su oro, su trabajo, sus oraciones. Cada piedra encierra una historia, cada destello una promesa. Y cuando se posa sobre las sienes de la Virgen, no solo la honra a Ella, sino que restituye la dignidad del amor colectivo que la engendró.

Ambas piezas —bandeja y corona— se buscan, se completan, se necesitan. La una sostiene, la otra consagra. La una recibe, la otra entrega. En su unión se cumple la enseñanza del lema: Obras son amores…
No hay devoción verdadera sin gesto; no hay amor sin obra que lo exprese.

Así, la bandeja de la Coronación se convierte en un altar pequeño y portátil, donde se condensa la historia de una comunidad. Y la corona, en la respuesta luminosa que el cielo devuelve al pueblo agradecido. Juntas forman un diálogo de metales sagrados, una liturgia silenciosa que atraviesa el tiempo.

Hoy, cuando el reflejo de esa plata antigua vuelve a proyectarse sobre las bóvedas de Santa María Magdalena, Cehegín puede reconocerse en él. Porque cada época deja su huella en la materia que ama. Y esa materia —la plata, el oro, el arte— se vuelve memoria viva de lo que fuimos, de lo que seguimos siendo: un pueblo que cree, que ama y que transforma su fe en belleza.

Obras son amores, decían los antiguos. Y esta obra —la bandeja, la corona, la devoción— lo es todo:
un amor que se hizo metal, un metal que se hizo historia,
y una historia que, en su brillo sereno, sigue hablando de amor.

Notas finales y referencias

¹ Evangelio según San Mateo, 6, 21.
² Archivo Parroquial de Santa María Magdalena de Cehegín, .
³ Expediente de la Coronación Pontificia de la Virgen de las Maravillas, Archivo Diocesano de Cartagena-Murcia.
⁴ Catálogo de orfebrería religiosa española (1900–1930), Madrid, Museo Nacional de Artes Decorativas, 1998.
⁵ Testimonios de la Coronación Pontificia publicados en El Liberal (Murcia), septiembre de 1925.
⁶ López, B. — Catálogo de obras de platería religiosa, taller B. López (Barcelona, ca. 1920–1935). Archivo digital de subastas Lamas Bolaño, 2023.
⁷ Ruiz Jiménez, M. — Plata y memoria: la bandeja de la Coronación Pontificia de la Virgen de las Maravillas (Cehegín, 1925), estudio inédito, 2025.

A la Parroquia de Santa María Magdalena de Cehegín y a cuantos, con fe y memoria, conservan el resplandor de su Virgen coronada.




domingo, 19 de octubre de 2025

 

LAS LLAGAS DE JESÚS NAZARENO: ORIGEN Y EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE UNA DEVOCIÓN






Disertación inaugural para la serie sobre la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín

I. Introducción

En el corazón espiritual de Cehegín, donde la fe se enraíza en piedra y tradición, la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno —venerada en la iglesia de la Purísima Concepción— guarda en su cuerpo las marcas del misterio más hondo del cristianismo: las Llagas del Redentor.
Estas heridas, esculpidas en madera y devoción, condensan siglos de teología, mística, arte y piedad popular. Su contemplación abre un cauce que une la Jerusalén del Gólgota con los templos barrocos del sur de España, y con el corazón humilde de quienes, generación tras generación, han visto en el Nazareno de Cehegín el rostro sufriente del Amor.

Esta disertación, que abre la serie de estudios sobre la historia de su Cofradía, pretende ofrecer una visión amplia y multidisciplinar sobre el origen y la evolución del culto a las Llagas de Cristo, y su encarnación particular en la devoción ceheginera al Nazareno.

II. Fundamento bíblico y teológico: las llagas como signo redentor

El fundamento de esta devoción hunde sus raíces en la Sagrada Escritura. Los Evangelios narran la crucifixión de Cristo: sus manos y pies traspasados, y su costado herido por la lanza (Jn 19,34). Pero el episodio clave llega con la aparición a Tomás: “Mete aquí tu dedo y mira mis manos… y no seas incrédulo, sino creyente” (Jn 20,27).

Cristo resucitado conserva sus llagas, no como signo de derrota, sino como huellas gloriosas del amor redentor. En ellas el creyente reconoce la identidad misma del Salvador.

Los Padres de la Iglesia interpretaron las heridas como cumplimiento de las profecías de Isaías: “Por sus llagas hemos sido curados” (Is 53,5). San Ireneo y San Agustín subrayan su valor salvífico: las llagas son los “canales de la gracia”, las puertas por donde el amor de Dios entra en el mundo111.
Desde entonces, la teología cristiana contemplará en las heridas de Cristo una paradoja: el dolor que salva, la sangre que purifica, la carne rota que redime.

III. La mística medieval: interiorización de las Cinco Llagas

En la Edad Media (siglos XI–XIV) surge una nueva forma de espiritualidad más afectiva y personal, conocida como devotio medievalis. Las Llagas de Cristo se transforman en objeto de contemplación interior, de meditación amorosa y participación espiritual en el sufrimiento del Redentor.

El gran impulsor de esta sensibilidad es San Francisco de Asís, quien en 1224 recibe los estigmas en el monte de La Verna. Su cuerpo, marcado por las mismas heridas que Cristo, simboliza la unión mística entre el creyente y el Crucificado. A partir de él se difunde el culto a las Cinco Llagas: manos, pies y costado.

En paralelo, místicas como Santa Gertrudis la Magna y Santa Brígida de Suecia profundizan en la meditación de cada llaga, atribuyéndoles virtudes espirituales específicas. Las revelaciones privadas multiplican el número simbólico de las heridas —a veces cinco, a veces miles—, pero todas convergen en un mismo fin: interiorizar el amor sufriente de Cristo como fuente de conversión222.

IV. El Barroco: exaltación visual y emocional

El siglo XVII —siglo de la espiritualidad y del arte contrarreformista— fue la gran época de expansión del culto a las Llagas. Tras el Concilio de Trento (1545–1563), la Iglesia Católica alentó la devoción a la humanidad doliente de Cristo como camino de identificación con su Pasión.

En este contexto nace el esplendor del arte procesional y la imaginería penitencial. Los escultores barrocos, de Gregorio Fernández a Pedro de Mena, de Juan de Mesa a Nicola Fumo, dieron forma plástica a la teología del sufrimiento redentor.
Sus Cristos, Nazarenos y Ecce Homos mostraron con sobrecogedora veracidad la sangre, las lágrimas y las llagas del Hijo de Dios, convirtiendo el dolor en catequesis visual del amor333.

Fue también el tiempo en que se popularizaron los devocionarios, letanías y rosarios de las Cinco Llagas, así como las cofradías dedicadas a Jesús Nazareno. En la liturgia y en la religiosidad popular, cada herida se convirtió en símbolo de una virtud: la paciencia, la obediencia, la misericordia, la fidelidad y el amor.

V. El Nazareno de Cehegín: una presencia barroca viva

En este horizonte teológico y artístico debe situarse la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín, venerada desde antiguo en la iglesia de la Purísima Concepción.
Su anatomía, su gesto contenido y su semblante sereno pero lacerado responden al canon de la imaginería barroca española: el Cristo sufriente que camina hacia el Calvario, portando en sí las llagas del mundo.

Desde lo alto del casco antiguo, el Nazareno de la Concepción domina el paisaje espiritual de Cehegín. Sus llagas —las manos que bendicen, los pies que avanzan, el hombro herido por la cruz, el costado oculto— no son solo signos escultóricos, sino símbolos vivos de la fe del pueblo.
Durante siglos, sus cofrades y devotos han depositado en ellas oraciones, promesas y lágrimas, perpetuando una tradición que une arte y mística, barroco y esperanza, Cehegín y Jerusalén.

VI. Época moderna y contemporánea: de la compasión a la esperanza

Con el paso del tiempo, la interpretación de las llagas se transformó. A partir del siglo XIX, el acento pasó del dolor a la solidaridad compasiva.

Los teólogos contemporáneos, como Karl Rahner o Hans Urs von Balthasar, reinterpretaron las heridas del Resucitado como huellas eternas del Amor, signos visibles del Dios que no olvida el sufrimiento humano444.

En la devoción popular, esta sensibilidad se mantuvo viva: las procesiones, promesas y novenas al Nazareno llagado siguieron siendo cauces de fe.

Cada Semana Santa, cuando la imagen ceheginera desciende de la Concepción hacia el corazón del pueblo, las calles se transforman en una prolongación de aquel camino al Gólgota, donde las llagas se vuelven memoria del Amor que redime y acompaña.

VII. Conclusión: las llagas como presencia viva

Hoy, las llagas de Jesús Nazareno siguen interpelando a la humanidad.
En el altar, en la procesión, en el silencio de la oración, ellas son la geografía del amor de Dios.
Las manos y pies traspasados, el costado abierto, son heridas que ya no sangran, sino que irradian misericordia.
Desde lo alto del casco viejo, el Nazareno de Cehegín continúa bendiciendo con sus llagas a su pueblo, recordándole que el dolor, cuando se ofrece, se convierte en salvación y en ternura.

Así lo resume el Papa Francisco:

“Las llagas de Cristo están hoy en los que sufren. Si queremos encontrar a Dios, busquémoslo allí: en sus llagas actuales.”

El estudio de esta devoción, en su historia, arte y espiritualidad, abre el camino para comprender mejor la identidad profunda de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín: una hermandad que no solo custodia una imagen, sino un legado teológico y humano que une los siglos y las almas.

Notas

111 San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 85, 1–2.
222 Santa Brígida de Suecia, Revelationes, Lib. VII; Santa Gertrudis, Legatus divinae pietatis.
333 Gállego, J. (1990). La imagen barroca. Madrid: Alianza Editorial.
444 Rahner, K. (1978). Teología de las heridas del Resucitado. Barcelona: Herder.

Bibliografía

  • Biblia de Jerusalén (2009). Desclée de Brouwer.

  • Bozal, V. (1999). El arte del Barroco. Istmo.

  • Gállego, J. (1990). La imagen barroca. Alianza Editorial.

  • Imbrogno, M. J. (2013). La Pasión en el teatro y la liturgia medievales. UCM.

  • Méndez, F. (1987). San Bernardo: Sermones sobre el Cantar. BAC.

  • Miura, J. M. (2005). Religiosidad popular y cultura barroca en la España Moderna. Universidad de Sevilla.

  • Rahner, K. (1978). Teología de las heridas del Resucitado. Herder.

  • Santa Brígida de Suecia. Revelaciones. Ediciones Paulinas.

  • San Buenaventura. (2003). Meditación sobre la Pasión. Ciudad Nueva.



Cehegín, en la altura donde el Nazareno guarda las llagas del mundo.







viernes, 17 de octubre de 2025

 

Próxima publicación: “Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín — Los Moraos, una historia de fe y memoria”

En los próximos días verá la luz en este blog una serie de artículos dedicados a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín, conocida cariñosamente como Los Moraos, y a la imponente escultura del Nazareno que, desde hace siglos, acompaña las calles del Casco Viejo en las madrugadas de pasión.

Esta publicación no es solo un recorrido por la historia de una imagen: es un viaje por el corazón devocional y urbano de Cehegín, donde la fe se entrelaza con la piedra, la tradición con el arte y la memoria con el presente.



📜 ¿Qué descubrirás?

A través de varios artículos, se abordarán con rigor histórico, mirada artística y sensibilidad local temas como:

 Una publicación para sentir y aprender

Cada texto combinará documentación histórica, análisis artístico y una narrativa cercana y emotiva, pensada para que cualquier lector —vecino, investigador o visitante— pueda entender y sentir lo que significa Jesús Nazareno para Cehegín.
Se incluirán además fotografías antiguas y actuales, planos, testimonios y entrevistas, que ayudarán a reconstruir el hilo de una devoción que ha resistido el paso de los siglos.

 “Los Moraos”: una devoción que sigue viva

Esta serie nace del deseo de preservar, estudiar y compartir un legado que pertenece a todos. Porque la historia del Nazareno no se guarda en los archivos ni en las vitrinas: se vive cada Semana Santa en las calles estrechas del casco antiguo, entre el sonido de los tambores, los cirios encendidos y las miradas que se alzan en silencio.

Pronto, aquí en el blog, podrás leer el primer artículo:
“La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín: origen, historia y memoria colectiva”.

Te invito a seguir esta publicación, compartirla y acompañarme en este recorrido por una de las devociones más hondas y queridas de nuestra tierra.

lunes, 13 de octubre de 2025

 

Obras son amores…

...La bandeja y la corona de la Virgen de las Maravillas



“Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.”
(Evangelio según San Mateo 6, 21)



   Hay objetos que no se comprenden solo por lo que son, sino por lo que significan.

   La bandeja de plata y la corona imperial de la Virgen de las Maravillas pertenecen a esa estirpe de cosas que sobrepasan su propia materia: relucen, sí, pero su resplandor no es solo de metal. En ellas, el tiempo ha depositado su temblor y la fe de un pueblo ha dejado su huella indeleble.

Autor: Basilio López, orfebre madrileño.
         


   Cuando en 1925, en aquel radiante 10 de septiembre, la imagen fue coronada solemnemente, la corona reposó sobre esa bandeja como un sol que espera el amanecer. Las manos que la sostuvieron —probablemente sacerdotes y devotos del pueblo— no eran conscientes de estar tocando una historia que seguiría viva un siglo después. Cada relieve, cada filigrana cincelada por el platero B. López, parecía contener una plegaria callada: la fe hecha forma, el amor convertido en obra.

   El lema que hoy recorre tus estudios, “Obras son amores…”, podría haber estado grabado en el reverso de aquella bandeja. Porque nada define mejor su sentido: el arte sacro no es vanidad, ni adorno, ni lujo; es amor traducido en metal. Es la ternura que se ofrece a Dios a través de la belleza.

    La bandeja no sirve solo para portar la corona, sino para sostener un acto de entrega, para elevar lo humano a lo divino, como si el metal quisiera devolver a los cielos el brillo que de ellos recibió.

  Cien años después, cuando la corona volvió a descansar sobre esa misma bandeja durante la conmemoración de la Coronación Pontificia, Cehegín revivió un gesto antiguo: el del amor que no se gasta, el del pueblo que recuerda y honra su propia historia a través de las obras que creó para su Virgen. En ese instante, el tiempo se plegó sobre sí mismo: la bandeja ya no era un objeto, sino un espejo donde el ayer y el hoy se reflejaban mutuamente.

   Cada golpe de cincel, cada curva del metal, cada reflejo sobre su superficie es un acto de fe, un “te quiero” convertido en oficio, un “gracias” de plata. El platero que la labró —B. López— probablemente no supo que su trabajo sería tocado por generaciones, que su arte se haría oración en cada procesión y que, un siglo más tarde, volvería a servir a la misma Reina. Pero eso es precisamente lo que hacen las obras que nacen del amor: perduran, sin saberlo, más allá de quienes las hicieron.

   La corona, por su parte, no es solo una joya: es una metáfora del alma del pueblo. Los rayos, las estrellas, las flores que la decoran son los nombres de quienes ofrecieron su oro, su trabajo, sus oraciones. Cada piedra encierra una historia, cada destello una promesa. Y cuando se posa sobre las sienes de la Virgen, no solo la honra a Ella, sino que restituye la dignidad del amor colectivo que la engendró.

   Ambas piezas —bandeja y corona— se buscan, se completan, se necesitan. La una sostiene, la otra consagra. La una recibe, la otra entrega. En su unión se cumple la enseñanza del lema: Obras son amores…

   No hay devoción verdadera sin gesto; no hay amor sin obra que lo exprese.

   Así, la bandeja de la Coronación se convierte en un altar pequeño y portátil, donde se condensa la historia de una comunidad. Y la corona, en la respuesta luminosa que el cielo devuelve al pueblo agradecido. Juntas forman un diálogo de metales sagrados, una liturgia silenciosa que atraviesa el tiempo.

   Hoy, cuando el reflejo de esa plata antigua vuelve a proyectarse sobre las bóvedas de Santa María Magdalena, Cehegín puede reconocerse en él. Porque cada época deja su huella en la materia que ama. Y esa materia —la plata, el oro, el arte— se vuelve memoria viva de lo que fuimos, de lo que seguimos siendo: un pueblo que cree, que ama y que transforma su fe en belleza.

   Obras son amores, decían los antiguos. Y esta obra —la bandeja, la corona, la devoción— lo es todo:

...un amor que se hizo metal, un metal que se hizo historia,
y una historia que, en su brillo sereno, sigue hablando de amor.



Notas finales y referencias

¹ Evangelio según San Mateo, 6, 21.
² Archivo Parroquial de Santa María Magdalena de Cehegín, Libro de Inventarios de Alhajas y Ornamentos Sagrados, 1925. (En proceso de realización).
³ Expediente de la Coronación Pontificia de la Virgen de las Maravillas, Archivo Diocesano de Cartagena-Murcia.
⁴ Catálogo de orfebrería religiosa española (1900–1930), Madrid, Museo Nacional de Artes Decorativas, 1998.
⁵ Testimonios de la Coronación Pontificia publicados en El Liberal (Murcia), septiembre de 1925.
⁶ López, B. — Catálogo de obras de platería religiosa, taller B. López (Barcelona, ca. 1920–1935). Archivo digital de subastas Lamas Bolaño, 2023.
⁷ Ruiz Jiménez, M. — Plata y memoria: la bandeja de la Coronación Pontificia de la Virgen de las Maravillas (Cehegín, 1925), estudio inédito, 2025.



A la Parroquia de Santa María Magdalena de Cehegín y a cuantos, con fe y memoria, conservan el resplandor de su Virgen coronada.