miércoles, 15 de julio de 2026

REFLEJOS. CEHEGÍN EN VERANO.

 El verano en Cehegín

Hay lugares donde el verano se limita a cambiar el calendario. En Cehegín, en cambio, el verano transforma el alma del pueblo. Llega despacio, casi sin anunciarse, hasta que un día descubrimos que la piedra de nuestras calles ha adquirido ese color dorado que solo el sol de julio sabe regalar y que las tardes parecen no querer terminar nunca.

El verano aquí tiene el compás sereno de las tardes solariegas, cuando el calor invita al silencio y el tiempo parece detenerse bajo la sombra de una parra o detrás de los gruesos muros de las viejas casas. Las puertas permanecen entreabiertas, como si cada hogar quisiera seguir formando parte de la vida de la calle, mientras el eco de una conversación viaja de una acera a otra con la naturalidad de quien sabe que siempre encontrará un vecino dispuesto a escuchar.

Sobre los tejados dibujan sus círculos los aviones —como siempre hemos llamado en Cehegín a los vencejos—, dueños del cielo estival. Su vuelo veloz y su inconfundible canto forman parte de una música antigua que acompaña nuestras tardes desde que tenemos memoria. Basta levantar la vista para comprender que hay sonidos que también son hogar.

El verano sabe a higos recién cogidos, a albaricoques maduros, al olor de la tierra reseca después de tantas horas de sol y a ese aire tibio que, al caer la tarde, comienza a recorrer las calles del casco antiguo. Sabe también a baños en el río. A esos días en los que el agua parecía borrar el calor y el mundo entero cabía entre una poza, una piedra lisa donde tomar el sol y las risas compartidas con los amigos. Eran veranos sin prisa, cuando la felicidad consistía en volver a casa con la piel morena, los pies descalzos y el corazón lleno de historias.

Con el anochecer, Cehegín recupera otro pulso. Las plazas vuelven a poblarse, los bancos se convierten en improvisados salones donde se desgranan recuerdos y noticias, y las sillas salen a la puerta de las casas para recibir el fresco. No hace falta mucho más. La conversación sencilla, la cercanía de los vecinos y la lentitud de las horas bastan para recordarnos que las mayores riquezas nunca fueron las materiales, sino el privilegio de compartir el tiempo.

Y entonces regresan quienes un día tuvieron que marcharse. Hijos y nietos vuelven a recorrer las mismas calles que conocieron de pequeños. El pueblo se llena otra vez de nombres familiares, de abrazos demorados y de esa alegría silenciosa que solo producen los reencuentros. Porque el verano en Cehegín siempre ha sido eso: un regreso a las raíces, una invitación a reconocernos en la memoria compartida.

Quizá por eso, cuando el último resplandor del día se esconde tras los montes y los avíones desaparecen del cielo, comprendemos que el verano nunca ha sido únicamente una estación. Es una forma de vivir, una manera de recordar quiénes somos y de agradecer el lugar del que venimos. Porque hay veranos que terminan cuando llega septiembre, pero los veranos de Cehegín permanecen para siempre, refugiados en ese rincón del corazón donde habitan la infancia, la familia, los amigos y el eterno deseo de volver.