La Quinta Llaga: el Costado de Cristo
Meditación ante Nuestro Padre Jesús Nazareno en la ermita de la Purísima Concepción de Cehegín
Después de recorrer espiritualmente las cuatro primeras llagas del Señor —los pies que marcan el camino del hombre y las manos que expresan la justicia y la bendición de Dios— la contemplación alcanza su punto culminante en la llaga del costado de Cristo. Esta herida, abierta por la lanza en el momento supremo de la crucifixión, ha sido desde los primeros siglos del cristianismo una de las imágenes más profundas del misterio de la redención. En ella no solo se contempla el sufrimiento del Señor, sino el amor total y definitivo con el que Dios se entrega al mundo.
El Evangelio narra que del costado de Cristo brotaron sangre y agua, signo que la tradición cristiana ha interpretado como símbolo de los sacramentos que dan vida a la Iglesia: el agua del Bautismo y la sangre de la Eucaristía. De este modo, la llaga del costado no es simplemente una herida más entre las cinco; es, en cierto modo, el corazón abierto de Cristo, la fuente desde la que fluye la gracia que sostiene toda la vida cristiana.
La oración que acompaña esta llaga recoge ese sentido profundo cuando pide: “encended en mi corazón el fuego de vuestro amor y concededme la gracia de perseverar en amáros por toda la eternidad”. No se trata ya solo de corregir el camino o de aspirar a la salvación futura; se trata de participar del mismo amor que brota del costado de Cristo, de dejar que ese amor transforme el interior del creyente hasta convertir su vida en respuesta fiel y perseverante.
En la ermita de la Purísima Concepción, en el corazón antiguo de Cehegín, esta contemplación adquiere un tono especialmente íntimo cuando se realiza ante Nuestro Padre Jesús Nazareno. La imagen del Señor, tan profundamente arraigada en la devoción del pueblo, invita a penetrar en ese misterio de amor silencioso que se expresa en cada una de sus heridas. Al mirarlo, el creyente percibe que la Pasión de Cristo no es solo un acontecimiento lejano de la historia, sino una presencia viva que sigue hablando al corazón de los hombres.
Los muros centenarios de la ermita han sido testigos de innumerables plegarias pronunciadas ante el Nazareno. En ese espacio recogido, donde el tiempo parece detenerse entre luces de devoción y ecos de cantos antiguos, la contemplación del costado abierto del Señor se convierte en una experiencia profundamente espiritual. El creyente comprende que esa herida no es símbolo de derrota, sino puerta de salvación, abertura por la que el amor divino entra en la historia humana.
El canto tradicional que acompaña esta llaga lo expresa con una belleza sencilla y llena de simbolismo:
Oh divino costado,
en vivos resplandores,
entre rojos colores,
siendo del cielo puerta,
siempre abierta…
La imagen es poderosa: el costado de Cristo aparece como puerta del cielo, una puerta que permanece abierta para todos. La sangre que brota de la herida, evocada en esos “rojos colores”, no es signo de muerte definitiva, sino resplandor de vida nueva. Allí donde el mundo ve una herida, la fe descubre una entrada hacia la eternidad.
Cuando el canto repite las palabras “siempre abierta, siempre abierta”, parece querer subrayar una verdad esencial de la espiritualidad cristiana: la misericordia de Dios no se cierra jamás. El costado de Cristo permanece abierto en el tiempo como signo de que el amor divino está siempre dispuesto a acoger al hombre que busca volver a Él.
Ante Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín, esta verdad adquiere un significado particularmente cercano. El pueblo que acude a la ermita de la Concepción reconoce en el Nazareno no solo al Cristo sufriente, sino al Cristo que abre para todos el camino del cielo. Su presencia silenciosa en ese templo antiguo continúa invitando a cada generación a acercarse al misterio de su amor.
Así, la quinta llaga corona el recorrido espiritual iniciado con la primera. Los pies del Señor enseñaban al hombre a abandonar los caminos de la perdición y a seguir la senda de la virtud; las manos mostraban la justicia y la bendición divina; y ahora el costado abierto revela el centro mismo del misterio cristiano: el amor redentor de Dios.
En el silencio recogido de la ermita ceheginera, mientras resuena suavemente el eco del canto antiguo, el creyente comprende que todas las llagas del Señor conducen finalmente a esta última revelación. El costado abierto de Cristo es la puerta siempre abierta del cielo, y quien contempla esa herida con fe descubre que el camino iniciado a los pies del Señor culmina en el abrazo eterno de su amor.

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