La Primera Llaga: el Pie Izquierdo de Cristo
Meditación ante Nuestro Padre Jesús Nazareno en la ermita de la Purísima Concepción de Cehegín.
Entre las cinco heridas del Crucificado, la llaga del pie izquierdo abre el camino de la contemplación como quien se inclina primero ante los pasos del Señor antes de levantar la mirada hacia su rostro. No es casual que el ejercicio espiritual comience por los pies de Cristo: ellos representan el camino recorrido por Dios entre los hombres, el itinerario de amor que lo llevó desde los caminos de Galilea hasta la cima del Calvario. En ese pie atravesado por el clavo se concentra la memoria de todos los pasos de Jesús, de todas las sendas que recorrió para anunciar el Reino y de todas las veces que se acercó al dolor humano.
Cuando el creyente pronuncia las palabras de la oración —“adoro devotamente la llaga dolorosa de vuestro pie izquierdo”— no solo recuerda el sufrimiento físico de la crucifixión; contempla el misterio de un Dios que quiso caminar con la humanidad, compartir sus caminos y cargar con sus extravíos. El pie izquierdo herido es, por tanto, símbolo de la fragilidad humana redimida: de los caminos equivocados, de las sendas torcidas por las que tantas veces transita el hombre y de las que desea apartarse cuando implora: “concededme la gracia de huir de las ocasiones de pecar”.
Esta súplica adquiere una resonancia particularmente intensa cuando se pronuncia en Cehegín, ante la presencia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, en la histórica ermita de la Purísima Concepción, situada en lo alto del casco antiguo. Allí, entre las calles empinadas que serpentean entre casas centenarias, el Nazareno parece seguir caminando con su pueblo como lo hizo en los días de su Pasión. Su imagen, cargada de silencio y de humanidad, no solo representa al Cristo que sufre, sino también al Cristo que avanza, que sigue recorriendo espiritualmente las calles del pueblo acompañado por la fe de generaciones de cehegineros.
En esa ermita, donde la piedra y la devoción han tejido una historia común, la meditación de la primera llaga adquiere un sentido profundamente cercano. El pueblo que se acerca a rezar no contempla una herida distante, sino una huella viva del caminar de Cristo junto a su gente. El Nazareno de Cehegín, con su mirada serena y dolorida, parece recordar que el camino del hombre no está perdido mientras pueda volver a orientarse hacia Él. Por eso la oración pide no caminar por las vías de la iniquidad: porque quien mira al Nazareno comprende que todo extravío encuentra su corrección cuando se vuelve hacia el Señor.
El canto popular que acompaña esta llaga —“De dicha es un tesoro, es el vivo recuerdo…”— expresa precisamente ese sentimiento. No habla solo de dolor; habla de memoria viva, de un recuerdo que se convierte en tesoro espiritual para el pueblo creyente. La llaga del pie izquierdo no es únicamente una señal de sufrimiento: es el signo de un amor que dejó marcada la tierra con sus pasos. Por eso el canto repite sus palabras como quien quiere grabarlas en el corazón, como quien sabe que en esa herida está la clave de una esperanza que no se agota.
En el silencio recogido de la ermita de la Concepción, cuando la oración se eleva entre las luces tenues y el rumor del pueblo antiguo, la llaga del pie izquierdo invita a cada creyente a revisar su propio camino. ¿Por dónde caminan nuestras vidas? ¿Qué sendas seguimos cuando nos alejamos de la luz? La contemplación del Nazareno responde sin palabras: sus pies heridos muestran el precio del amor y al mismo tiempo señalan la dirección del regreso.
Así, la primera llaga se convierte en inicio de una peregrinación interior. Ante Nuestro Padre Jesús Nazareno, en el corazón histórico de Cehegín, el creyente comprende que el verdadero camino comienza siempre desde la humildad de los pies del Señor. Allí donde el clavo abrió la carne de Cristo nace también la gracia que permite al hombre levantarse, cambiar de rumbo y volver a caminar, no ya por las sendas oscuras de la iniquidad, sino por el sendero luminoso que conduce a Dios.l lo


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