La Tercera Llaga: la Mano Izquierda de Cristo
Meditación ante Nuestro Padre Jesús Nazareno en la ermita de la Purísima Concepción de Cehegín
Después de contemplar las llagas de los pies del Señor —aquellas que hablan del camino del hombre entre el pecado y la virtud— la devoción se eleva ahora hacia las manos de Cristo, abiertas en la cruz como signo supremo de entrega. La llaga de la mano izquierda introduce una meditación profundamente teológica y espiritual, pues remite al misterio del juicio final y a la súplica humilde de quien desea permanecer siempre bajo la mirada misericordiosa de Dios.
La oración que acompaña a esta llaga es una de las más conmovedoras de todo el ejercicio devocional. El creyente se dirige al Crucificado con palabras que nacen de la conciencia de la fragilidad humana: “no permitáis que me encuentre a vuestra izquierda, en medio de los réprobos, el día del Juicio Final”. En el lenguaje simbólico del Evangelio, la izquierda representa el lugar de quienes se apartaron del amor divino, mientras que la derecha es el espacio reservado para aquellos que han permanecido fieles a la gracia.
Contemplar la llaga de la mano izquierda de Cristo significa, por tanto, mirar de frente el misterio de la justicia divina, pero hacerlo desde la confianza en la misericordia. Esa mano herida, atravesada por el clavo, no aparece como gesto de condena sino como mano abierta que sigue ofreciendo salvación. La herida se convierte así en una fuente de esperanza: el mismo Cristo que juzgará al mundo es el que primero derramó su sangre por él.
En la ermita de la Purísima Concepción, en el casco antiguo de Cehegín, esta contemplación adquiere una profundidad particular cuando se realiza ante Nuestro Padre Jesús Nazareno. La imagen del Señor, cargada de humanidad y de recogimiento, parece sostener en su figura ese mismo equilibrio entre justicia y misericordia. Su mirada, serena y compasiva, no habla de condena sino de llamada: invita al creyente a volver el corazón hacia Dios antes de que llegue la hora definitiva.
Los muros antiguos de la ermita han escuchado durante generaciones estas palabras de súplica. En ese templo humilde y lleno de memoria, donde el pueblo ha depositado sus penas y esperanzas, la contemplación de la mano izquierda del Nazareno se convierte en un diálogo íntimo entre el alma y Cristo. El devoto comprende que la salvación no se conquista por méritos propios, sino que nace del amor que brota de las llagas del Señor.
El canto tradicional que acompaña a esta llaga expresa de manera sencilla esa verdad profunda:
En la siniestra mano,
dulce Jesús, venero,
de tu amor verdadero
una sagrada fuente…
Las palabras sorprenden por su belleza: incluso en la mano siniestra, aquella que simbólicamente recuerda el lugar del juicio, el creyente descubre una fuente de amor verdadero. La herida de Cristo no es signo de rechazo, sino de entrega; no es frontera de separación, sino manantial de gracia.
Cuando el canto concluye con la repetición —“Muy corriente, muy corriente”— parece insinuar que ese amor de Cristo fluye continuamente, como un río que nunca se agota. Su misericordia no se detiene ni siquiera ante la debilidad humana; al contrario, se derrama con mayor abundancia sobre quien reconoce su necesidad de salvación.
Ante Nuestro Padre Jesús Nazareno de Cehegín, esta verdad se vuelve especialmente cercana. El pueblo que se acerca a la ermita de la Concepción sabe que su fe no es solo tradición, sino encuentro vivo con el Señor. La contemplación de la llaga de la mano izquierda recuerda que el juicio final no debe inspirar miedo paralizante, sino una llamada a vivir cada día bajo la luz del amor de Dios.
Así, la tercera llaga continúa el itinerario espiritual iniciado por las anteriores. Si los pies del Señor enseñaban al creyente a corregir su camino y a avanzar por la senda de la virtud, la mano izquierda herida invita a mirar el horizonte último de la existencia humana: el momento en que cada vida será presentada ante Dios.
Pero al contemplar esa mano atravesada por el clavo, el devoto comprende algo esencial: quien juzgará al mundo es el mismo que lo redimió con su sangre. Y por eso, en el silencio recogido de la ermita ceheginera, el alma puede repetir con confianza la súplica de la oración, sabiendo que la misericordia que brota de esa llaga sigue abierta para todos.
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